De inmediato, cambió su expresión a la de un maestro bondadoso y dijo:
—Cristina, Ángela, qué bueno que llegaron.
Cristina sonrió levemente y, junto a Ángela, se acercó.
Jimena, preocupada, preguntó:
—¿Qué te pasó en el pie?
—Me lo torcí un poco —respondió Cristina.
Jimena frunció el ceño, visiblemente inquieta:
—Se ve bastante grave, deberías cuidarte.
Cristina asintió sin decir nada más.
En ese momento, uno de los meseros que estaba afuera gritó:
—¡Llegó el señor Lozano!
Apenas escuchó esto, Jimena se olvidó de su propio padre y salió corriendo a recibirlo.
Gabriel, sin importar que Cristina estuviera presente, negó con la cabeza y, entre risas, le comentó a sus amigos:
—¿Vieron eso? Cuando las hijas crecen, ya ni caso le hacen a uno.
Tras decirlo, también se apresuró a salir.
Viendo a padre e hija comportarse así, Ángela soltó un suspiro divertido:
—Por fin veo un ejemplo claro de que “de tal palo, tal astilla”.
Cristina soltó una sonrisa:
—Esto apenas empieza, ya verás.
Las dos estaban por avanzar más al interior, cuando se toparon con Tania Velázquez, que salió apresurada a recibir a alguien.
Cuando Tania vio a Cristina, su expresión se endureció por un instante, pero enseguida levantó la barbilla y, mirando de reojo a su acompañante, sonrió:
—Si no fuera porque mi Jime es tan especial y se da a respetar, ¿cómo el señor Lozano la iba a querer tanto? Ya verás, cuando le dé el primer nieto a la familia Lozano, toda la fortuna será para Jime.
Una mujer de su misma edad, que la acompañaba, no pudo evitar soltar la carcajada:
—Eso, eso, mucho mejor que esas que solo calientan el asiento y no aportan nada, puro hacerle perder el tiempo a la gente.
Tania, aún más orgullosa, añadió:
—Beata, nuestras familias han sido amigas de toda la vida. Cuando seamos ricas, no nos vamos a olvidar de ustedes.
Ángela estaba por responder, pero Tania se abrió paso entre las dos a empujones, y hasta le metió un codazo a Cristina con toda la mala intención.
Por suerte, Cristina llevaba su bastón y logró no caerse.
Rápida, Ángela corrió a sostenerla, molesta:
Parecía que Fabián iba a acercarse, pero Cristina, de inmediato, giró el rostro y se alejó en dirección opuesta, sin vacilar.
Ángela no notó ese intercambio. La alcanzó y le murmuró:
—En un día tan importante, ¿no sientes que falta alguien?
Cristina asintió:
—Marisol no vino. Jimena es su aliada, y para evitar rumores, seguro decidió no aparecer.
Las dos estaban a punto de sentarse en unas sillas del balcón, cuando de golpe se toparon de frente con Octavio.
Ángela echó un vistazo a Jimena, que estaba junto a él, y soltó riéndose:
—Vaya, el yerno estrella de la familia Velázquez, qué honor tenerlo aquí.
Octavio, con el semblante serio, replicó:
—¿Tu hermano sabe que eres tan descarada?
Cristina desvió la mirada, fingiendo que no los veía.
Jimena, rápida, intervino al lado de Octavio:
—Octavio, ve con mi papá, él quiere presentarte a sus alumnos favoritos. Yo me quedo un momento platicando con la señorita Pérez y luego te alcanzo.
Octavio miró a Cristina, y su mirada se deslizó hasta su tobillo.

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