Entrar Via

La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 266

Tobías observaba el aguacero tras la ventana, su voz sonó tranquila:

—¿Estás seguro de la verdadera identidad de Dolores?

—Eh...

¿No seguían investigando ese tema?

Saúl se quedó callado, sin saber qué responder.

—Si la Dolores que murió no es la persona que busco, ¿de verdad crees que ella aceptaría ser mi amante? —añadió Tobías, con una expresión casi ausente.

En ese instante, a Saúl le cayó el veinte y soltó un suspiro resignado.

—Vaya, es una lástima. Después de tantos años, aparte de buscar a la señora, nunca lo había visto tan interesado en una mujer. Ojalá que cuando vea a alguien cortejando a la señorita Pérez, no vaya a arrepentirse.

Tobías apretó los labios, negándose a comentar más.

En realidad, cuando recibió aquella llamada, su primera reacción no fue alegrarse por haber encontrado a la persona del análisis de ADN.

Lo que lo sacudió fue otra cosa.

Se dio cuenta de que, si en ese momento se dejaba llevar por sus sentimientos hacia Cristina, ¿qué haría más adelante si la verdadera señorita de la familia Rivas aparecía? ¿Cómo podría enfrentar esa situación?

El compromiso era una responsabilidad, el enamoramiento, un accidente.

Si no se controlaba a tiempo, ¿acaso quería esperar a que Cristina se involucrara más, para después obligarla a aceptar un papel menor?

Cristina ya venía arrastrando heridas de un matrimonio fallido, ¿cómo podría él tener el corazón para arrastrarla a otra historia igual de dolorosa?

...

Por otro lado, Fermín detuvo el carro frente a Cristina.

—Señorita Pérez, el carro que pidió no puede pasar por aquí. Con este aguacero, déjeme llevarla, ¿sí?

Cristina dudó un segundo, pero al final asintió y subió al carro de Fermín.

En el Ferrari 488 GTB, Saúl echó un vistazo al retrovisor del conductor y soltó una exclamación:

—¡Mira nada más! El señor Salinas sí que sabe aprovechar las oportunidades, ¿eh? Mejor ni juntarse con ese muchacho.

La mirada de Tobías también fue a dar al retrovisor. Sus ojos, oscuros y profundos, no dejaban adivinar lo que pensaba.

Aunque esta vez Cristina no se mojó bajo la lluvia, al regresar a casa terminó enfermándose con fiebre.

Todo lo que había pasado en esos días la había dejado agotada, su cuerpo no pudo resistir el desgaste.

En ese momento, Ivana la llamó para decirle que al día siguiente le prepararía pato con jengibre, y le preguntó si prefería que se lo llevara a su trabajo o a su casa.

Cristina, con la garganta hecha trizas, apenas pudo decirle que no tenía ánimos de comer, y colgó.

Alrededor de las nueve de la mañana siguiente, Cristina despertó. La fiebre había bajado y ya podía tragar mejor.

Caminó hasta la sala y se topó con Ernesto en la cocina.

La luz suave de la mañana dibujaba su silueta; llevaba una camisa rosa con las mangas enrolladas hasta los codos, el mandil atado a la espalda marcaba su figura atlética.

Mientras batía los fideos en la olla, su cuerpo transmitía una fuerza tranquila y serena.

Cristina lo notó más fuerte que antes, mucho más que cuando terminaron hacía cuatro años.

Sin haberse bañado ni peinado, se apoyó en el marco de la puerta y se acomodó el cabello desordenado.

—¿No tienes que ir a trabajar? —preguntó, aún con voz ronca.

Ernesto, concentrado en los fideos, respondió sin voltear:

—Ya le avisé a Ángela. Regreso al trabajo cuando te sientas mejor.

Cristina cruzó los brazos, observándolo.

—Te lo pregunto en serio, ¿por qué no vas a la oficina?

Con lo que sabía de la guerra entre él y Francisco, no creía posible que dejara el trabajo así como así. Si Francisco se enteraba, seguro le daría problemas.

Ernesto dejó de mover la olla y la miró de frente. En su rostro apareció una sonrisa perezosa y genuina, como si nada le preocupara.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Revancha de una Ex-Ama de Casa