Natalia Lozano estaba medio recostada en el sofá cuando la vio entrar y de inmediato intentó incorporarse.
Cristina se apresuró a acercarse y acomodarle la almohada con cuidado.
—Abuela, recuéstese tranquila —le susurró, con esa dulzura que solo se reserva a los mayores.
Después de tantos días sin verla, el espíritu vibrante de la anciana se había apagado bastante. Parecía una sombra de la mujer fuerte que todos recordaban.
Suspiró profundo antes de hablar:
—A mi edad, ya entendí que la muerte es parte de la vida. Si no cierro los ojos, es porque hay cosas que no me dejan tranquila. Los que construyeron la empresa junto a mi esposo, esos viejos amigos, mi nieto siempre los trató bien… pero bastaron un par de palabras de Sebastián para que de inmediato apoyaran a Adrián. Ahora, Octavio la tiene muy difícil.
El gesto de Cristina permaneció sereno. Le dio unas palmaditas reconfortantes en la mano, sin dejar traslucir emoción alguna.
—Octavio puede con esto y más. Usted solo preocúpese por recuperarse.
Natalia giró el rostro hacia ella, observándola con una chispa de interés.
—¿De verdad aún no dudas de él?
A Cristina le pareció una pregunta cargada de intención, así que contestó con firmeza:
—Él es el heredero que usted eligió, abuela. Si alguien debe confiar en su juicio, es usted misma.
Natalia dejó escapar una mueca amarga.
—Ese muchacho siempre fue maduro… demasiado. Se tomó la responsabilidad de la familia como un peso que debía cargar solo, y por eso terminaste malinterpretándolo.
Cristina guardó silencio. No había nada que decir.
La anciana midió su expresión y continuó, en voz baja pero decidida:
—Hija, sé que todavía tienes sentimientos por Octavio. Aunque él nunca me ha confesado nada, no soy tonta: él y esa mujer no son lo que tú imaginas. Dale otra oportunidad, ¿sí?
Mientras hablaba, Natalia le apretó la mano con fuerza, casi suplicando.
—Abuela —respondió Cristina con calma—, aunque fuera una segunda boda, Octavio pertenece a la familia Lozano. ¿Creé que por eso no podría encontrar a una mujer de renombre? Hay muchas mejores que yo; no debe aferrarse a mí.
La anciana, con una agilidad inesperada, se incorporó en el sofá. Su espalda recta y la luz en sus ojos desmentían cualquier signo de debilidad.
Con el ceño fruncido, ordenó con voz dura:
—Sabía que ella planea algo contra Octavio.
Darío, el mayordomo, apretó los labios en una mueca preocupada.
—¡Tenemos que avisarle al joven ya! Bastante tiene con lidiar con el señor Lozano, con Adrián y toda esa bola de viejos testarudos en la empresa. Si encima su esposa termina traicionándolo, ahora sí que no va a tener escapatoria.
La abuela negó con la cabeza.
—Octavio no lo creería. Y aunque lo creyera, igual la dejaría hacer lo que quiera.
Darío pareció captar la gravedad de las palabras de la anciana. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, con una mezcla de miedo y asombro.
—¿Quiere decir que… deberíamos adelantarnos y actuar contra la señora?

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