Tres días después, el “topo” que había sacado pruebas del depósito de la policía fue identificado.
Por suerte, el tipo se había cubierto las espaldas y no destruyó la evidencia que se llevó.
El departamento de análisis forense logró extraer medio fragmento de huella digital, que no pertenecía a Cristina, en un rincón poco llamativo de los tenis.
Al mismo tiempo, otro equipo entró al vestidor de Residencial Bahía Platina para recolectar pruebas. Encontraron varias huellas en la parte interna de la puerta del clóset.
Tras analizar las muestras, una de esas huellas coincidía exactamente con la que hallaron en los tenis.
Después, Tobías pidió un análisis minucioso del polvo en la suela de los tenis y lo comparó con todas las huellas encontradas en el departamento de Óscar.
El resultado fue claro: solo la huella encontrada junto al charco de sangre de Óscar coincidía con los tenis. En el resto del lugar, no había ninguna otra marca que se correspondiera con esa suela.
Eso significaba que alguien había entrado al departamento con esos tenis, pisó la sangre de manera intencional para dejar la huella y así incriminar a Cristina. La sospecha sobre ella disminuyó considerablemente.
Cuando la noticia llegó a oídos de Adrián, le cayó una regañiza monumental. Su padrino lo tildó de inútil, le dijo que tenía las prioridades todas mal y terminó zafándose del asunto.
Aunque todavía no encontraban a Marisol para comparar las huellas, una semana después, Cristina fue oficialmente exonerada y recuperó su libertad.
Durante esos días en el hospital, su estómago también mejoró bastante.
El día que salió del hospital, Ángela le preparó una botella de “agua de la suerte” y la roció varias veces alrededor de Cristina.
Cristina, sin poder evitarlo, se frotó la nariz y preguntó:
—¿Qué es esto? Huele raro.
Ángela le sonrió con picardía.
—Es agua preparada con hojas de toronja, ramas de sauce y pétalos de flor de durazno. Sirve para que se te vaya la mala vibra, ¡y de paso atraigas un poco de suerte en el amor!
Cristina soltó una risa y le contestó:
—Para quitarme la mala vibra, está bien. Pero la suerte en el amor déjala para ti, a fin de cuentas tú eres la que sigue soltera.
La expresión de Ángela se tornó seria:
—Si no existiera el periodo de reflexión, tú hace rato que ya...
No alcanzó a decir “seguirías soltera”, porque de reojo vio a Octavio parado junto a un lujoso carro negro. Se le cortó la frase.
Cristina siguió la dirección de su mirada y, poco a poco, la sonrisa se borró de su rostro.
—Te espero en el estacionamiento —murmuró Ángela y se alejó rápidamente.
Octavio la observó, notando cómo esa mujer que apenas había recuperado algo de peso volvía a lucir demacrada. Un sentimiento de culpa le apretó el pecho.
Cristina, al ver que no sabía qué responder, lo miró con más desprecio aún.
—Octavio, si no me hubieras puesto de escudo, jamás me habrían arrastrado a este desastre. Ya no te quiero, y aun así, ellos no me dejan en paz. Si sigo viva es por pura suerte. Si te queda algo de conciencia, lo mínimo que puedes hacer es mantenerte lejos de mí.
El dolor le recorría el pecho a Octavio como olas que no terminaban nunca, cada una más fuerte que la anterior.
Por primera vez, entendió lo que era ser destruido poco a poco por la persona amada.
Eso mismo lo había sentido Cristina en su momento.
Dolía tanto, que a ratos parecía que ni podía respirar.
Pero la mirada de Cristina seguía tan indiferente como siempre, como si lo que él sintiera ya no tuviera nada que ver con ella.
Sin mirarlo más, Cristina se alejó. Cuando pasó a su lado, murmuró:
—No se te olvide ir al registro civil por el acta de divorcio en unos días.
Casi al llegar al estacionamiento, entre todos los carros, Cristina identificó de inmediato el Ferrari negro.
No podía ver quién estaba adentro, pero de alguna manera sentía esa mirada tranquila y familiar posada sobre ella.
Se detuvo, pensó en cambiar de dirección para ir hacia el Ferrari, pero de repente, dos carros se detuvieron justo frente a ella...

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