El último postre de la noche fue un “pay de manzana”.
Lo sorprendente fue que él también supo encontrarle el lado bueno:
—Azúcar natural, se digiere rápido, no afecta el nivel de azúcar en la sangre.
Cristina no pudo evitarlo y dejó escapar una sonrisa, sus labios se curvaron con picardía.
—Señor Jurado, ¿por qué no se dedica a criar cerdos? Con ese talento para darle la vuelta a todo, hasta los marranos acabarían contentos y gordos, seguro y sin problema pasan de los quinientos kilos.
Tobías la miró con una expresión divertida, los labios entreabiertos en una mueca traviesa.
—Tomaré en cuenta tu consejo. Aunque nunca he criado cerdos, puedo empezar contigo para ir aprendiendo.
Por un momento, las palabras de Tobías le arrancaron un cosquilleo a Cristina, un estremecimiento fugaz, aunque esta vez recuperó la calma casi al instante.
Probó un par de cucharadas más del pay y, sin hacer ruido, apartó el cuenco de porcelana blanca.
—¿No te gustó? —Tobías, siempre atento a los más mínimos gestos, captó enseguida su incomodidad.
Cristina se limpió la boca con la servilleta.
—Está rico, pero el que yo preparo sabe todavía mejor.
Tobías esbozó una sonrisa, en sus ojos brilló una chispa de curiosidad.
—Entonces, ¿tengo oportunidad de probar el pay de manzana versión señorita Pérez? ¿Será mejor que el de “La Cúpula de Sabores”?
El mensaje era claro, y Cristina lo entendió de inmediato.
Sin embargo, guardó silencio.
Ambos sabían que no estaban libres, que esa cita había sido un arrebato. Pero esa emoción, ese latido inesperado, había sido tan real como un golpe en el pecho.
Tobías era un gran tipo, sí, pero… ¿quién puede asegurar el futuro?
Octavio también había sido encantador al principio. Si no fuera por aquella fotografía...
El carro llegó a la entrada del conjunto de departamentos y Cristina salió de su ensimismamiento.
—Gracias por la cena. Y también por traerme. Bueno… nos vemos.
Se desabrochó el cinturón de seguridad. Apenas puso la mano en la puerta, Tobías le sujetó la muñeca con delicadeza.
—Tu cabello…
Él se inclinó hacia ella y, con cuidado, retiró una hebra blanca que se le había quedado pegada en el cabello, quién sabe dónde.
De repente el espacio entre ellos se redujo a nada. El aliento de Tobías rozó la mejilla de Cristina, y su mundo tembló.
Tobías parecía estar bajo el influjo de una fuerza invisible, acercándose poco a poco, tanteando el terreno.
El corazón de Cristina latía desbocado. Cuando sintió que sus labios estaban a punto de rozarla, giró la cabeza en el último instante.
El beso de Tobías quedó en el aire.
—Perdón —dijo ella, con la voz entrecortada—, mientras no haya divorcio… no puedo.
Tobías entendió perfectamente su reacción.
—Tómate tu tiempo. Yo te espero, ¿te parece?
Marisol se apresuró a aclarar:
—No, él solo busca acercarse a mí para amenazarme.
—¿Y cómo te amenaza?
El rencor le torció la boca a Marisol.
—Quiere que termine con Fabián, pero tú lo necesitas, así que tengo que mantener a Fabián a mi lado.
Octavio soltó una ligera carcajada.
—Veo que sí eres leal conmigo.
Eso bastó para que Marisol rompiera en llanto.
—Pero ahora la policía me busca, quieren que vaya a dejar mis huellas, ¡no sé qué hacer!
La verdad era que, al haber fallado el plan, el riesgo de que la descubrieran era enorme. Adrián quería mandarla a Floridalia, el pueblo vecino.
Quien terminaba allá era tratado peor que un animal.
Si no fuera porque Sebastián la detuvo, ni siquiera habría podido escapar.
Y si Marco no la hubiera traído hasta aquí hoy, no tendría a dónde ir.
Octavio la miró con expresión indescifrable.
—¿Fuiste tú quien mató a Óscar?

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