—Quiero escuchar la verdad —agregó Cristina con firmeza.
Francisco esbozó una sonrisa y guardó silencio durante un par de segundos.
—Me encanta ese carácter directo tuyo, platicar contigo no cansa ni un poco.
Cristina alzó una ceja, sin decir nada.
Apoyando el codo en el escritorio, Francisco adoptó un tono serio:
—Eres de esas personas que tienen claro lo que quieren, vives con los ojos bien abiertos y actúas sin titubeos. Sabes cuándo mostrarte y cuándo guardar tus cartas. Tienes límites y también recursos. Por eso eres la mejor opción para ser mi esposa.
Francisco echó un vistazo a toda la oficina y continuó:
—Supongo que ya tienes una idea sobre la situación de la familia Jurado. Yo seré el heredero, así que soy muy cuidadoso al elegir esposa, pero tampoco me gusta que mis padres decidan por mí.
Cristina soltó una risa ligera ante sus palabras.
—¿No crees que te estás adelantando demasiado? Ernesto también es tu rival, y tu tío aún no tiene hijos. Ellos podrían competir contigo.
Francisco sonrió de manera enigmática.
—Mi tío no va a tener hijos.
Cristina se sorprendió.
—¿Por qué dices eso?
Francisco bajó la mirada por un momento.
—Por un tema de salud de los hombres de la familia Jurado. Si te casas conmigo, lo entenderás con el tiempo.
A Cristina le temblaron las pestañas, pero decidió no insistir. En cambio, le deslizó un documento por la mesa.
Era un acuerdo de colaboración tecnológica sobre el sistema de almacenamiento de energía para el centro de hogares inteligentes.
Francisco lo hojeó por encima y la miró.
—¿Qué significa esto?
Cristina dibujó una sonrisa tranquila.
—Considéralo mi forma de agradecerte por haberme salvado la vida la vez pasada. Este sistema de almacenamiento es más estable, tiene mayor capacidad, es más económico y mucho más seguro. Si lo usas en tu proyecto de hogares inteligentes, vas a resolver de raíz el problema de energía de respaldo.
Francisco captó la indirecta.
—Entonces… lo que quieres decir es…
Cristina apretó los labios.
Begoña siempre llegaba acompañada de un séquito. Era muy dada a las apariencias.
Al ver a Cristina saliendo de la oficina de Francisco, puso mala cara.
—Señora Lozano, que andes de aquí para allá entre hombres no me importa, pero no traigas los líos de la familia Lozano aquí, al territorio de los Jurado. Por más hábil que seas en el arte de manipular hombres, no deberías intentar embaucar a mi hijo.
Sus palabras hicieron que varias miradas curiosas se clavaran en Cristina.
Pero ella, lejos de molestarse, solo le regaló una sonrisa tranquila.
—Señora Begoña, con ese talento para inventar historias, debería estar en el teatro. Pero si uno se la pasa armando dramas de la nada, no sólo aburre al público, también los compañeros de escena terminarán buscando otro escenario.
—¿Estás insinuando que mi esposo se va a cansar de mí?
Begoña no esperaba que Cristina tocara justo su punto débil.
Cristina sonrió con más ganas.
—No dije eso. Solo que usted tiene un sexto sentido muy agudo.
Begoña perdió el control.
—¿Tú, que ni siquiera lograste que te tomaran en serio, tienes derecho a alzarme la voz en la casa de los Jurado? Hoy te voy a dar una lección, para que aprendas a respetar y sepas hasta dónde puedes llegar.

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