—¡Por supuesto que hay dinero! —Sebastián forcejeó para soltarse el cuello de la camisa—. Pero la mayoría todavía la tiene la abuela bien guardada, ¡ni siquiera ha entrado a la empresa!
Jadeó unos segundos, luego soltó con un tono sombrío:
—Esta vez no es cualquier cosa, seguro que hay un traidor en la empresa.
—¿Un traidor? —Adrián bufó con desdén y apretó el control remoto—. Ya lo encontré.
La puerta de la sala oscura se abrió y, colgado de una viga, apareció Fabián. Tenía el cuerpo cubierto de heridas y apenas podía respirar.
Sebastián se quedó helado.
—¿Cómo que es él?
—Desde que nos hicimos cargo del Grupo Alfa, no ha parado de pedirle dinero a la empresa para su laboratorio. Se gastó la mitad del efectivo de la compañía. Si no es él el traidor, ¿entonces quién?
Después, se volvió hacia Fabián.
—Dime, ¿quién te ordenó hacer esto?
—F... fue Cristina —respondió Fabián con la voz apenas audible.
—¿Y qué pretende?
—Quiere que YS... quiebre.
Adrián, fuera de sí, le gritó a Sebastián:
—¿Escuchaste? ¡Nos estuvo manipulando desde el principio!
El rostro de Sebastián se puso cenizo.
—A esa mujer no se le puede dejar pasar ni una más. Nunca debimos ser blandos con ella.
Adrián soltó una carcajada amarga.
—¿De veras crees que pudo hacerlo sola? Cristina y Octavio están mucho más unidos de lo que aparentan. ¡Nos han tenido bailando a su ritmo todo este tiempo!
Sebastián frunció el ceño, incrédulo.
—¿No que siempre estaban peleados?
—Eso solo era para engañarnos —Adrián apretó los dientes—. Entre ellos basta una mirada para saber lo que el otro piensa. ¡Son más cómplices de lo que parece!
Clavó los puños, los ojos encendidos de rabia.
—El dinero de la familia Lozano será mío. Y esa mujer... no va a salirse con la suya. Si quieren jugar sucio, yo también puedo hacerlo. Y no se van a arrepentir.
...
Mientras tanto, Cristina salía del laboratorio.
Un escalofrío recorrió su espalda, se frotó el cuello pensando que probablemente iba a enfermarse.
En ese momento, el celular vibró.
Era Saúl, llamando como había prometido.
—El señor Jurado tiene una cena en un rato, ¿tienes tiempo ahora? —preguntó Saúl.
Cristina miró la hora: casi las cinco y media. Estaba por decir que sí, cuando vio la silueta de Ernesto en la entrada de la empresa.
Ya iba de salida cuando Cristina lo detuvo.
—¿Tu tío suele quedarse en la mansión Jurado?
Ernesto no entendía por qué preguntaba de repente por Tobías, pero contestó:
—No le gusta quedarse en casa. Casi siempre se hospeda en el Hotel Puesta de Sol.
Así que era eso.
Después de separarse de Ernesto, Cristina volvió al departamento y preparó un pay de manzana. Calculó la hora en que Tobías regresaría de sus compromisos y fue al hotel.
Ya había estado en su habitación antes, aún la recordaba.
Tocó el timbre.
Después de un momento, la puerta se abrió.
En la entrada apareció una mujer en bata de tirantes de seda, de figura delicada y sonrisa insinuante.
—¿A quién buscas? —preguntó con acento de Clarosol y una voz algo melosa.
Cristina se quedó inmóvil, negándose a aceptar lo que pasaba por su mente. Dio un paso atrás, incómoda.
—Perdón, creo que me equivoqué de cuarto...
La mujer se apoyó en la puerta y sonrió con pereza.
—O tal vez no te equivocaste. Este es el cuarto de mi esposo. Mi esposo se llama Tobías.

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