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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 327

Cristina se sintió nerviosa al principio.

Pero en cuanto pronunció su nombre, una calma inesperada la envolvió.

Sabía perfectamente que él tenía una familia, y aun así había decidido esperar a que resolviera su situación; eso ya era una decisión que rozaba el límite de lo moralmente aceptable.

Había tomado su camino, ahora debía afrontarlo.

Cristina giró y la miró directo a los ojos, con una serenidad que parecía inquebrantable.

—Así es, entonces no me equivoqué de lugar. Dígame, ¿usted es la mujer con la que él se casó por la iglesia?

La otra no aparentaba más de veintiún años, pero su figura, envuelta en una bata de seda, resaltaba con curvas tan marcadas que era imposible no notarlas.

Soltó una risa sarcástica.

—¿En qué mundo la amante viene a preguntarle a la esposa si de verdad lo es?

Cristina mantuvo la compostura.

—En este mundo hay cosas mucho más absurdas, créame. ¿Cuánto llevan casados?

Por un instante, la joven se quedó rígida, luego alzó la mirada hacia el techo.

—No importa los años que llevemos, igual no tienes ninguna oportunidad. Tobías tiene un compromiso de familia con los Rivas. Debe casarse con una mujer de la familia Rivas, si no, dicen que le irá mal a toda su descendencia.

Cristina curvó apenas los labios y asintió.

—Entonces, señorita Rivas, le sugiero que lo cuide bien… Porque un hombre atado a la fuerza, nunca se sabe cuánto podrá quedarse.

El rostro de la joven se transformó, la superioridad en su mirada se convirtió en furia.

—Tú no eres más que el pasatiempo de él cuando sale de viaje, como la comida rápida que uno encuentra en la calle, ni siquiera alcanzas a ser la amante oficial. ¿Con qué cara vienes y te crees algo?

Cristina la miró de arriba abajo, notando cómo la rabia distorsionaba sus rasgos. Sonrió apenas, con una mueca ligera.

—Jamás imaginé que Tobías tuviera un gusto tan pobre. Así que, si le gustan las comidas de la calle, ahora lo entiendo.

Sin agregar nada más, se dio la vuelta y se marchó.

Al pasar por la recepción, avanzó dos pasos y luego regresó.

—Buenas noches, quiero dejar algo aquí, ¿podría entregárselo mañana al huésped de esta habitación?

La recepcionista asintió.

—Por supuesto, déjelo conmigo.

Cristina le entregó el pay de manzana que había estado cargando todo el tiempo.

—Por favor, guárdenlo en el refrigerador y mañana en la mañana déselo a la persona de este cuarto.

Anotó el número de habitación de Tobías.

Salió del hotel y, a pesar de haber intentado mantener la calma, Cristina tenía el corazón apretado.

Tobías colgó su chaqueta sin mirar a Salomé y soltó, cortante:

—Si cree que es tan fácil, que las busque él mismo.

Salomé se atragantó con las palabras, pero luego sonrió.

—Ni mi papá se atrevería a hablarle así, si tienes valor ve y díselo tú.

Tobías desvió la mirada.

—¿Alguien vino a buscarme esta noche?

—Sí —asintió Salomé—, vino un tipo que decía ser gerente de una empresa, quería que revisaras sus productos. Dejé la carpeta en tu escritorio.

¿Así que ella no lo había buscado?

Tobías guardó silencio unos segundos.

—En adelante, no toques mis cosas.

—Cuñado... —se acercó con voz melosa—, ¿tan grave fue que viniera a Valenciora sin avisar? El abuelo está que echa humo, dice que lo engañaste. Solo vine a advertirte.

La expresión de Tobías se suavizó un poco.

—Si quieres venir a divertirte, dilo de frente. No me pongas de pretexto. ¿Cuándo te vas a regresar?

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