Ángela repartió las flores que acababa de comprar al azar entre los pacientes del hospital.
Mientras tomaba la mano de Cristina para guiarla hacia la salida, le lanzó una sonrisa juguetona.
—¿De verdad piensas tener a los Jurado, tío y sobrino, comiendo de tu mano?
Ahora que estaban ahí, Cristina ya no tenía que fingir nada. Su mirada reflejaba una resignación silenciosa.
—Francisco me salvó la vida dos veces. Esa deuda tengo que pagarla. Si ahora, colaborando con su tratamiento, puedo ayudar a que mejore, ¿cómo podría darle la espalda? Si no lo hago, mi conciencia no me dejaría tranquila nunca.
Cuando todo terminara, no tendría nada de qué arrepentirse y cada quien seguiría su camino.
Ángela asintió, comprensiva.
—Eso sí, su mamá no es mansa, mejor ve con cuidado.
Las dos siguieron platicando hasta llegar al área de los elevadores.
Ángela vaciló antes de preguntar:
—La señora Lozano también está hospitalizada aquí. ¿Quieres pasar a verla?
Cristina apretó los labios, firme.
—No, a la familia Lozano no les debo nada.
Ángela aprobó su decisión.
—Me contaron que el Grupo Alfa está a punto de declararse en bancarrota. Octavio es un tipo hábil: antes de que Adrián hiciera sus movimientos, él ya había salido limpio de todo. Ahora, todas las deudas y los líos de la empresa recaen sobre Adrián y su papá. Uno se fue y el otro terminó tras las rejas. Los ejecutivos y socios que traicionaron a Octavio seguro ya se están arrepintiendo de haberlo hecho.
Mientras hablaba, Ángela le dio un leve codazo a Cristina.
—¿Tú crees que, ahora que perdió todo, Octavio podrá acostumbrarse a vivir como cualquier ciudadano?
Cristina bajó la mirada, sin responder.
Ángela la dejó en su departamento y se fue a cumplir con sus compromisos.
Cristina llevaba tres días fuera, y los alimentos en el refrigerador ya no servían.
Estaba por pedir comida a domicilio desde su celular cuando sonó el timbre.
Frunció el ceño, extrañada.
Entre las pocas personas a las que el guardia dejaría pasar sin avisar, solo podía pensar en tres.
Ángela acababa de irse, y la otra persona ni pensarlo.
Cristina respiró hondo y caminó hacia la puerta.
Al abrirla, se encontró con Octavio de pie en el umbral. El saco viejo que llevaba puesto estaba lleno de arrugas, su quijada mostraba una sombra azul de barba sin afeitar, y en sus ojos todavía quedaba un rastro de ese orgullo que tanto se empeñaba en conservar, aunque ya estaba hecho pedazos.
—¿Atrás qué? —respondió ella, apoyándose en el marco de la puerta—. Para ti, siempre va primero la empresa, después la familia Lozano, luego tus responsabilidades… y yo nunca figuro en esa lista. Si aparece otra mujer, ¿otra vez me va a tocar jugarme la suerte de mi vida? ¿No crees que ya fue suficiente…?
No terminó de hablar. Octavio le sujetó la cabeza y la jaló hacia fuera del departamento.
Cristina trastabilló, apenas tuvo tiempo de intentar zafarse cuando, desde el área de los elevadores, una voz serena y confiada interrumpió la escena.
—La familia Lozano ya ni aparece en las listas de millonarios, y aun así el heredero se da el lujo de venir a buscar pleito con su exesposa.
Ambos miraron hacia el mismo punto.
Tobías se acercaba con paso firme y tranquilo, una sonrisa apenas insinuada en los labios, pero sus ojos destilaban hielo.
Aprovechando el desconcierto de Octavio, Cristina le pisó fuerte el pie, obligándolo a soltarla.
Se apartó, manteniendo una distancia de tres metros y sin disimular su molestia.
Octavio, sin perder la calma, miró a Tobías con esa falsa cordialidad.
—Hace tres días, mis hombres fallaron y tuve que molestar al señor Jurado para que me hiciera el favor de intervenir. Ya que hoy nos encontramos, aprovecho para agradecértelo personalmente.
Tobías entendió que esas palabras iban dirigidas a Cristina.
Avanzó hasta quedar frente a Octavio, sin mostrar la menor emoción en el rostro. Solo respondió, con un tono seco:
—No tienes nada que agradecer. Si intervení, no fue por ti.

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