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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 35

—Al señor Gutiérrez le volvió a dar fuerte el problema del corazón y lo llevaron de emergencia al hospital. Ella también fue para allá —comentó Marco.

La abuela, al escuchar esto, entrecerró los ojos, como si estuviera pensando en algo.

—Que hayas podido casarte con ella, todo se lo debes a la enfermedad del señor Gutiérrez —dijo con un tono que no admitía discusión.

—Sé lo que tengo que hacer —respondió Octavio, dándose la vuelta para salir del estudio.

Natalia conocía demasiado bien el carácter de su nieto. Cerró los ojos por un momento y lo llamó con voz firme:

—¡Octavio!

Él se detuvo y volteó a verla.

—¿Necesita algo más, abuela?

La señora Lozano, apretando el borde de la mesa con fuerza, le confesó con voz seca:

—Fui yo quien mandó despedir a todos los empleados y al personal de la casa de campo en Olburg. También fui yo quien ordenó que sacaran a Marisol del hospital.

Por dentro, Octavio sintió como si una ola gigante lo arrastrara; apretó los puños sin darse cuenta.

Natalia continuó, sin miramientos:

—Esas dos, madre e hija, solo crean problemas. No merecen quedarse en la familia Lozano, ni disfrutar de nuestros privilegios. Si vuelves a poner a tu esposa en una situación incómoda por culpa de esa mujer, entonces no me busques, porque yo no la voy a aceptar bajo este techo.

Octavio, esforzándose para no mostrar sus emociones, asintió.

—Entendido, abuela.

Marco también estaba en shock. Todo ese tiempo habían culpado a la señora equivocada... ¡Qué injusticia!

...

En la sala de abajo, Marisol sostenía el brazo de su madre, sin dejar de mirar hacia las escaleras, inquieta. Parecía esperar la sentencia de su propio destino.

Al ver a Octavio bajar, su expresión se volvió aún más complicada.

Octavio pasó junto a ellas, sin detenerse.

—Mañana, después de la misa por tu padre, mandaré a alguien para que te lleve de regreso a Olburg —declaró, con voz impasible.

Por dentro, Marisol sintió una punzada de decepción, pero no mostró nada en su cara. Sin embargo, no pudo evitar gritarle a su espalda:

—Gracias, hermano, por conseguir el permiso de la abuela para que pudiera estar con mamá un poco más.

Aunque ya había cambiado su apellido a Lozano, la abuela nunca la reconoció como nieta de verdad. Marisol ni siquiera tenía derecho a llamarla abuela.

Julieta, al escuchar que su hija igual sería enviada lejos, rompió en llanto.

En ese momento, Sebastián entró desde la calle. Al ver que Octavio seguía en la casa, se sorprendió.

—¿De verdad crees lo que dice mi padre? —le preguntó Octavio.

Marco negó con la cabeza.

—Pero el señor Adrián ya es adulto, y si hace algo, seguro no dejará que el señor Lozano se entere.

Octavio se sentó en el carro, sus ojos reflejaban una tormenta interna imposible de leer.

—Si no hay pistas, sigamos con nuestro plan —ordenó.

Marco encendió el motor.

—Pero si seguimos así, la señora cada vez va a desconfiar más de usted...

Mientras miraba por la ventana, Octavio sintió que el peso sobre sus hombros se duplicaba.

Tardó en responder, murmurando apenas:

—Ella es mi mujer, algún día entenderá mis razones.

...

En el hospital, el abuelo por fin estaba estable y lo ingresaron en terapia intensiva.

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