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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 353

Cristina guardó silencio.

Tobías apagó la estufa, se giró y le dio un suave toque en la punta de la nariz con el dedo.

—Ni pienses que te voy a dar.

Cristina ladeó la cabeza y preguntó:

—¿Por qué no?

El hombre se inclinó, le dio un beso en la frente y luego presionó su dedo justo donde sentía el latido de su corazón.

—Porque... aquí todavía no estás lista.

Cristina, viendo su rostro tan cerca, sentía un torbellino de emociones dentro de sí.

¿De verdad un hombre puede ser tan bueno con la persona que ama?

Tan bueno que parecía irreal.

—¿Y tú, qué vas a hacer con eso que tienes un poco alto? —preguntó ella, refiriéndose a su presión.

Tobías se echó a reír.

Su risa era tan clara y contagiosa que llenó la cocina de alegría.

—Eso solo era un pretexto para quedarme contigo. Después de tantos años, ¿crees que tengo algún problema con eso? Qué ingenua eres, caíste tan fácil.

Cristina bajó la cabeza, sin responder, y llevó el arroz frito a la mesa del comedor.

Quedó tan rico que sentía ganas de halagarlo.

—Si algún día te quedas sin trabajo, podrías abrir un local de comida rápida y solo vender arroz frito.

Tobías soltó otra risa.

—¿Ese es el mejor cumplido que me puedes hacer?

Cristina asintió.

—Entonces yo vendo arroz frito y tú vendes pay de manzana, ¿qué tal?

Cristina se quedó un momento en blanco.

La sonrisa de Tobías se fue apagando poco a poco.

—Ayer, cuando regresé al hotel, vi que el pay de manzana que hiciste ya se había echado a perder.

Cristina se sorprendió.

—¿Por qué lo dejaste ahí tanto tiempo? ¿Por qué no lo tiraste?

Tobías respondió con voz llena de ternura:

—No me atreví.

Esas palabras le cayeron a Cristina justo en el pecho, como un golpe que le removió todo por dentro.

Recordó cómo antes, cuando cocinaba para Octavio, él ni siquiera miraba lo que ella hacía, y si tenía algún compromiso, simplemente tiraba la comida sin pensarlo.

Pero Tobías...

Cristina reprimió lo que sentía y murmuró:

—Qué infantil eres.

Tobías colocó su tazón junto al de ella y se sentó a su lado.

—Ni siquiera lo probé, ¿me haces otro, va?

Cristina no respondió, solo siguió comiendo, concentrada en su plato.

El hombre se le acercó sigilosamente y le susurró al oído:

—O si quieres... me como el tuyo de una vez.

—Ya, ya, no lo menciono más.

Con esa actitud tan feroz, seguro que no había pasado nada entre ellos anoche.

Ángela comenzó a comer el arroz con entusiasmo.

—Cristi, de verdad que cada vez cocinas mejor.

Cristina, como si no le diera importancia, respondió:

—Lo hizo Tobías.

Ángela se sorprendió y, sin querer, recogió los granos de arroz que se le habían caído junto al recipiente para llevárselos a la boca.

Cristina, con una sonrisa apenas contenida, siguió comiendo.

Todavía no terminaban cuando, desde el vestíbulo, una voz altanera rompió la tranquilidad.

—Ya es mucho que no me hagan recibirme de rodillas, y todavía me dejan esperando aquí. ¿Saben quién soy yo? Una empresa tan pequeña, ¿se atreven a hacerle competencia a Tecnología Prisma? ¿Están locos o quieren quebrar?

Al oír la voz de Begoña, Ángela se levantó de inmediato.

Cristina la detuvo.

—Vino a buscarme a mí, tú sigue comiendo, yo salgo.

Dicho esto, se limpió los labios y salió de la oficina.

En el vestíbulo, las cosas del mostrador estaban esparcidas por el piso.

La recepcionista, que apenas llevaba tres meses trabajando, estaba tan intimidada por la actitud de Begoña que ni siquiera se atrevía a hablar en voz alta.

Cristina no la saludó enseguida. Primero, con tono sereno, echó un vistazo a la oficina en desorden y le dijo a la joven:

—Ve por un trapo y un atomizador, limpia todo lo que ella haya tocado.

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