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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 383

Cuando Begoña vio a Gustavo, la sensación de injusticia que la ahogaba se intensificó. Sin pensarlo, corrió hacia él, empapada de pies a cabeza, y se dejó caer en sus brazos, completamente derrotada.

—Amor, ella me empujó al balde de agua con hielo, quería matarme —sollozó Begoña, aferrándose a él como si el mundo se le viniera abajo.

Cristina arqueó una ceja con calma, y con voz pausada retrucó:

—¿Entonces estás diciendo que traje este balde hasta tu casa sólo para hacerte daño?

Gustavo, observando la escena, entendió de inmediato lo que había sucedido. Con una mirada le indicó a los empleados que ayudaran a sostener a Begoña, y luego, con voz de desaprobación, dijo:

—Aquí es la entrada de la mansión Jurado, donde pasa todo el mundo. ¿A qué están jugando? Si la señora quiere hacer un escándalo, ¿ustedes se lo permiten? ¿En qué momento la gente que trabaja para la familia Jurado dejó de saber diferenciar lo correcto de lo incorrecto?

Aunque Gustavo estaba regañando a los empleados, sus palabras iban dirigidas a Begoña, dándole una lección sin decirlo abiertamente. Ni una sola palabra de reproche para Cristina.

—Amor…

Begoña quiso insistir para que él pusiera en su lugar a Cristina, pero antes de que pudiera terminar, Cristina se adelantó y miró a Gustavo:

—La verdad, los empleados de la familia Jurado sí necesitan que los pongan en cintura. Especialmente la señora mayor.

Apuntó directamente a la vieja niñera que había acompañado a Begoña durante años, dejando a esta última boquiabierta. Mientras hablaba, Cristina levantó la manga y mostró varias marcas rojas en su brazo.

—Por suerte esto sólo me pasó a mí hoy, pero si una empleada así no recibe un castigo, algún día la familia Jurado va a quedar en ridículo frente a los demás.

Tobías, que estaba observando desde un costado, notó las marcas en el brazo de Cristina y su mirada se ensombreció.

El gesto de Gustavo se volvió aún más severo. Sus ojos se clavaron en la vieja niñera:

—Parece que la familia Jurado no ha tratado bien a sus invitados. Si lastimas a alguien, tienes que pagar por ello. Juana, dale a Cristina el equivalente a tres años de tu sueldo, a modo de castigo. Si vuelve a pasar algo así, entonces ya no tendrás lugar aquí.

Begoña miró a su esposo, atónita:

—Amor, ella vino conmigo desde casa de mis padres, me ha atendido durante años aquí en la familia Jurado…

Gustavo la interrumpió con frialdad:

—¿Y si después de tantos años aún no aprende a comportarse, de quién es la culpa?

Begoña se quedó sin palabras. Durante todo el incidente, su marido ni siquiera mencionó el nombre de Cristina para reprocharle algo. Sabía perfectamente que Gustavo estaba usando a Juana para darle una indirecta a ella. Pero ella era la señora Jurado, y la empresa Tecnología Prisma sólo había llegado tan lejos gracias al apoyo de su familia. ¡Y ahora su esposo la avergonzaba delante de todos!

Esa humillación, pensó, se la cobraría a Cristina.

En ese momento, el mayordomo se adelantó con el tiempo contado:

—Señor, la cena ya está lista.

Gustavo asintió y fue el primero en caminar hacia el comedor. Begoña, tragándose la indignación, se dejó ayudar por Juana para ir a cambiarse de ropa. Los demás guardaron compostura y se dirigieron hacia el comedor uno tras otro.

Ya en el porche, la voz aguda de Salomé se escuchó con claridad:

Tobías la miró con ojos oscuros mientras la veía alejarse.

El brazo de Francisco se tensó un poco, y forzó una sonrisa:

—Qué cosas dices.

Cristina asintió, como si todo tuviera sentido:

—Sí, claro, sólo tú no lo hueles.

Francisco no pudo decir nada más.

Salomé entendió perfectamente la indirecta y, aunque se le notaba la rabia, se contuvo. Pronto, pensó, Cristina haría el ridículo frente a todos cuando probara la sopa fría adulterada en la cena.

Esperaron a que Begoña regresara, ya vestida y compuesta, para iniciar por fin la cena.

Dado que Cristina y Salomé eran las únicas mujeres jóvenes, las sentaron juntas, con Tobías al otro lado de Salomé.

—Cuñado, quiero comer cangrejo, ¿me lo pelas? —dijo Salomé con voz melosa.

Tobías, luego de masticar despacio, contestó sin inmutarse:

—¿Acaso no tienes manos?

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