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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 411

Oficina de la presidencia, Tecnología Prisma.

Ernesto entregó el reporte de actividades perfectamente ordenado para que Gustavo pudiera revisarlo.

Sin embargo, esa mañana Gustavo había tenido una pelea feroz con Begoña a causa de su hijo mayor y todavía no lograba calmarse. Ahora, al ver a ese hijo ilegítimo frente a él, la furia le hervía más.

Apenas hojeó un par de páginas antes de arrojar toda la pila de documentos a la cara de Ernesto con fuerza.

El montón de hojas se desparramó por el suelo, haciendo un ruido seco.

—¡Te pedí que anotaras los proyectos importantes de cada día para que tu hermano pueda retomar la compañía cuando se recupere! ¿Y esto qué es? ¿Una lista de supermercado? ¿Acaso crees que puedes esconder información o qué?

Ernesto bajó la cabeza.

—Padre, no he ocultado nada.

—¡Eres un cobarde! ¡Haces las cosas y ni siquiera tienes el valor de aceptar tus errores!

Gustavo se levantó, rodeó el escritorio y se plantó frente a él. Su dedo estuvo a punto de pegarle en la frente.

—No te confundas. Porque te dejé encargarte del proyecto “YS” no significa que puedas creerte mucho. Todo lo que tienes es porque yo te lo permito. Si yo decido quitártelo, no te queda ni el derecho de estar aquí. ¿Entiendes?

Ernesto seguía mirando al piso, su voz tan tranquila que parecía insensible.

—Entiendo.

Pero esa actitud sumisa solo alimentó más el enojo de Gustavo.

De repente, tomó la taza de barro que tenía en el escritorio y la arrojó a los pies de Ernesto.

—¡Ni a los talones de tu hermano le llegas! Eres débil, incapaz, y encima necio. No me explico cómo, siendo mi hijo natural, no puedes superar ni siquiera a uno de probeta.

Gustavo resopló, mirándolo con un desprecio que calaba hasta los huesos.

—¡Lárgate! Quiero el reporte bien hecho antes de que acabe el día, y se lo mandas a tu hermano, hasta el último detalle. Si vuelves a hacer las cosas al aventón, te largas de esta empresa para siempre.

La mano de Ernesto, a un costado de su cuerpo, tembló de la rabia contenida, los nudillos tan tensos que se pusieron blancos. Sin embargo, su voz sonó siempre obediente.

—Sí, padre. Lo corregiré ahora mismo.

Se agachó en silencio y empezó a recoger las hojas esparcidas, una por una, acomodándolas con cuidado. Después de asegurarse de que no faltara ninguna, se inclinó y salió de la oficina.

Apenas la puerta se cerró tras de sí, toda la sumisión de sus gestos se desvaneció. En sus ojos apareció una oscuridad profunda e impenetrable, como si el frío de un abismo se hubiera apoderado de él.

Entonces, el celular vibró. Era un mensaje de Cristina...

—Vámonos. Al hospital —ordenó con voz seca.

—¿Y para qué al hospital? —preguntó Cristina.

—Tu conducta es un desastre. Sales en horario de trabajo a quién sabe qué y con quién. Voy a llevarte a que te hagan unos estudios. Tengo que cuidar la salud de mi hijo.

—¡Vieja retrógrada!

Cristina la miró con desprecio y se giró para irse, pero en ese instante, dos asistentes fornidos la sujetaron de los brazos, uno a cada lado.

Sus pupilas se contrajeron de la sorpresa.

Begoña soltó una risa cortante.

—Aquí no tienes opción.

Cristina fue llevada a la fuerza hasta el carro.

Mientras forcejeaba, alcanzó a sacar el celular y, con mano temblorosa, mandó su ubicación a Ernesto. Al instante, Begoña le arrebató el teléfono.

—¿Así que quieres que mi hijo venga a rescatarte?

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