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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 462

El médico, alertado por el ruido, se acercó y ordenó a la enfermera con voz grave:

—¡Preparen un sedante!

Luego, se dirigió a Cristina con un tono serio y urgente.

—¡Señorita Pérez, tiene que calmarse! Si sigue tan agitada, su corazón podría fallar. ¡Tendremos que administrarle un sedante!

Cristina se llevó rápidamente la mano al pecho y negó con la cabeza.

Incluso logró decir con dificultad:

—No… mi corazón… es para Angie.

Cerró los ojos, conteniendo a la fuerza las lágrimas que amenazaban con salir.

Resultaba que el anhelo de afecto familiar no era más que una moneda de cambio que sus padres estaban dispuestos a sacrificar en cualquier momento.

Ser buena con los demás solo le había traído traiciones y heridas una y otra vez.

Entonces, ¿por qué debería sonreírle a este mundo?

Cristina respiró hondo y volvió a abrir los ojos, su respiración mucho más calmada.

Enfrentó la mirada angustiada de Tobías sin esquivarla, y lentamente bajó la vista hacia la mano de él, suspendida en el aire, la que no había llegado a tocarla.

—Tobías, pensé que no volvería a verte.

Habló con una voz débil pero clara.

Era como si el rechazo de antes hubiera sido solo un lapso momentáneo de amnesia.

La angustia en el rostro de Tobías se disipó, e incluso soltó un suspiro de alivio evidente.

—Por un momento creí que no me recordabas.

Cristina cerró los ojos y forzó una sonrisa.

—Al principio, así fue.

Tobías le tomó la mano.

—Lo siento, fue mi culpa.

Cristina lo miró sin decir nada.

El médico intervino:

—La señorita Pérez todavía está muy débil. Denle tiempo para recuperarse y traten de que no hable mucho.

Tobías se llevó la mano de ella a la cara y sonrió.

En ese momento, Francisco, pegado a la puerta, gritó hacia adentro:

—¡Cristi!

Cristina giró lentamente la cabeza y lo miró.

Francisco intentó entrar, pero Lidia se lo impidió, así que solo pudo asomarse por el marco de la puerta.

Hizo ademán de soltarle la mano, pero Cristina se la apretó.

—Ese gordo dijo… que no te atrevías a meterte con la gente que lo respalda. ¿Por qué viniste?

Tobías esbozó una leve sonrisa, le acarició la mejilla con la otra mano en un gesto tierno, pero una compleja emoción, difícil de descifrar, cruzó por sus ojos.

—No importa quién esté detrás de él. Lo que importa es que no puedo perderte.

Se inclinó, le dio un beso suave en la frente y se marchó.

En el instante en que la puerta se cerró, la frágil capa de dependencia en los ojos de Cristina se desvaneció, dejando solo una lucha helada.

Había probado tanto su calidez como su determinación. Ahora, casi deseaba que su profundo afecto fuera también una estrategia, así podría cortar sin dudar todos los lazos y arrastrarlo, junto con aquellos que la hirieron y abandonaron, al infierno.

Dejando a un lado la tristeza, Cristina cogió el teléfono y llamó a Ivana.

El teléfono sonó durante un buen rato antes de que alguien contestara.

—¿Puedes moverte ahora? —preguntó Cristina.

Ivana apretó los dientes y se incorporó en la cama.

—Sí, más o menos. Tuve un aborto, pero le pedí al hospital que conservara el embrión. La gente que Tobías mandó me hizo una prueba de ADN urgente. ¿Qué hacemos ahora?

Una luz fría brilló en los ojos de Cristina.

—Prepárate para restregarle el embrión en la cara a Gustavo.

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