Cristina probó un bocadillo dulce y perdió el apetito.
Levantó la cabeza lentamente. En su rostro no había ni la ira ni la tristeza que Román esperaba ver, solo una calma gélida y una pizca de sarcasmo.
—Señor Muñoz, ¿tan desesperado está que ya no sabe ni qué inventar?
La comisura de los labios de Román se crispó.
Cristina continuó, sin prisa alguna:
—Primero, si la familia Rivas de verdad tuviera tanto poder, encontrar a su hija sería un juego de niños. ¿Para qué necesitarían adoptar a dos niñas para llenar el vacío? Me parece que no buscan a nadie, solo quieren quedar bien. Segundo, que hayas planeado este «encuentro casual» solo demuestra que eres un mediocre y que ya se te acabaron las ideas.
Al verse descubierto, Román intentó mantener la compostura.
—Cristina, te estoy dando tu lugar, no seas malagradecida.
Cristina se puso de pie y lo miró desde arriba. El rostro de Román ya se había ensombrecido, pero en el de ella se dibujó una sonrisa profunda.
—Estás tan ansioso por demostrar quién soy porque tu hermana perdió todo poder en la familia Jurado y tú no le sirves para nada a tu jefe. Te quedaste sin nada y ahora, desesperado, vienes a rogarme como un perro, ¿crees que voy a ser el peón que te saque del apuro?
Se ajustó las mangas de la blusa y añadió con desdén:
—Olvida que trabajemos juntos. Ni para venir a rogarme tienes categoría.
Dicho esto, le dio la espalda al rostro lívido de Román y se marchó con toda tranquilidad.
***
Lidia la esperaba en el estacionamiento subterráneo.
En cuanto la vio salir, se acercó con el carro.
Lidia no estaba segura de si Cristina había visto a Tobías, así que, una vez en el vehículo, le preguntó con cautela:
—¿Le decimos al señor Jurado lo que pasó hoy?
La reacción de Cristina fue serena.
—Lo vi. ¿Se fue con esa mujer?
Lidia suspiró por Tobías en silencio.
—La verdad es que el señor Jurado trata con muchas socias, pero siempre separa lo personal de los negocios. Incluso en eventos sociales donde el contacto es inevitable, sabe mantener la distancia. Siempre ha sido así.
Cristina notó que intentaba defender a Tobías y rio suavemente.
Tomado por sorpresa, Tobías se dejó llevar por el impulso y se sentó. Una chispa de asombro cruzó por sus ojos, pero no se resistió.
Cristina se inclinó sobre él, apoyando una mano en el respaldo del sofá, junto a su cabeza. Con la otra, le jaló la corbata sin ninguna delicadeza, obligándolo a levantar la vista.
—Qué bien te la pasas, ¿eh?, señor Jurado. A ver, dime, ¿qué perfume te gusta más? ¿El de la señorita Velasco o el mío?
Cristina sonreía, pero su mirada era afilada y su voz, aunque suave y melosa, destilaba veneno con cada palabra.
Tobías la dejó hacer sin mostrarse ofendido. Al contrario, esa actitud desafiante encendió un brillo de placer en sus ojos.
Colocó su mano sobre la de ella, que aún sostenía la corbata, y le acarició el dorso con el pulgar. Su voz se volvió grave y ronca.
—El único aroma que se me graba en la memoria es el de mi esposa. Las demás no me interesan en lo más mínimo, pero…
Hizo una pausa deliberada.
—Verte celosa… eso es lo que más me fascina.
El corazón de Cristina se desbocó por un instante, pero no lo demostró. Apretó con más fuerza la corbata y cambió de tema bruscamente.
***

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