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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 475

Al ver la placa de jade, el rostro de Román se endureció por un instante. Cambió de dirección y se dirigió hacia el cuarto de servicio.

La puerta del cuarto tenía un pequeño agujero por donde le pasaban la comida.

Begoña comía, dormía y hacía sus necesidades en esa diminuta habitación de menos de tres metros cuadrados.

Ella, que siempre había vivido rodeada de lujos, ¿cuándo había sufrido algo así?

Román se detuvo frente a la puerta. Sin dignarse a agacharse, le habló con aire de superioridad a la persona que estaba dentro.

—Hermana, ni eres tan bonita como Ivana Gutiérrez ni tan fértil. Creo que lo mejor es que firmes el divorcio. Con suerte, le sacas una buena pensión a mi cuñado.

Begoña, agazapada detrás de la puerta, lo observaba a través del agujerito. Su voz era un graznido, pero cargado de una ferocidad desesperada.

—¡Si yo caigo, tú te vienes conmigo, Román! Voy a contarle a toda la familia Muñoz que robaste y vendiste el tesoro que estaba en la viga principal del santuario. ¡A ver si no te expulsan de la familia!

El rostro de Román se tornó lívido.

Ser expulsado de la familia era lo de menos. Si los mayores le exigían que devolviera lo que había vendido, eso sí que acabaría con él.

Contuvo su ira y preguntó en voz baja:

—¿Qué es lo que quieres?

—¡Sácame de aquí, ayúdame a recuperar a Gustavo Jurado y mata a esa zorra!

El hedor que emanaba del cuartucho era insoportable. Román se tapó la nariz y rápidamente ideó un «plan brillante».

—Francisco todavía no despierta, y esa es la única excusa que te queda. Oí que en Valenciora hay un lugar llamado la Iglesia de San Pedro que es muy milagroso. Voy a convencer a mi cuñado de que vaya a rezar por Francisco. Así, por lo menos, podrás salir de aquí.

—En cuanto a lo que pasará después… —Román hizo una pausa—. Ya lo veremos sobre la marcha.

Que él estuviera dispuesto a ayudar era más de lo que Begoña esperaba.

—¡Sí, sí, sí! ¡Ve ahora mismo!

—La última vez que me diste una de tus placas de jade, prometiste guardar mi secreto —le espetó Román con fastidio—. Si te atreves a traicionarme y a delatarme, te juro que te arrastro conmigo al infierno.

Dicho esto, fue a buscar a Gustavo.

***

Gustavo miró a su hijo, inerte en la cama. Aunque no quería volver a ver a esa mujer, por su hijo accedió a regañadientes.

—De acuerdo, pero que alguien la vigile de cerca.

—¡Yo mismo me encargo de que no se mueva de mi lado! —aseguró Román de inmediato.

Luego, dio un paso adelante y bajó la voz.

—Cuñado, si la persona en la que tanto piensa Francisco también nos acompaña, nuestra plegaria será más sincera y quizás funcione mejor.

Gustavo entendió que se refería a Cristina.

—No me parece buena idea —frunció el ceño—. Su compromiso era falso. No importa si Cristina va o no.

—La señorita Pérez ya ayudó una vez con la salud de Francisco —insistió Román—. Con ella presente, estoy seguro de que, donde sea que esté, Francisco sentirá esa bendición.

—Tú… ¿estás seguro de que no tienes otras intenciones? —cuestionó Gustavo.

***

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