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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 491

Ambos voltearon al mismo tiempo.

La señora Rivas asintió a la persona que la había acompañado y salió del elevador con paso tranquilo.

Llevaba un vestido verde botella de una tela con una caída espectacular, cubierto por un abrigo largo de seda en tono ámbar. Al cuello solo llevaba un collar de perlas de Orocanto de un brillo discreto, que hacía juego con los dos sencillos aretes de perla que adornaban sus orejas.

Toda su persona irradiaba una elegancia serena y distinguida.

El tiempo se detuvo para Cristina.

Era su madre. Catorce años habían hecho que esa sofisticación innata se asentara, volviéndose más profunda, más sólida y también… más lejana.

Recordó la noche en que se fue de casa por última vez. Afuera, la lluvia caía sin cesar.

Cristina estaba en cuclillas sobre la alfombra del pasillo, armando un rompecabezas. La puerta del estudio estaba entreabierta, y de ahí se escapaba la luz, junto con las voces graves de su padre y de Tobías.

Tobías estaba repasando el itinerario, insistiendo una y otra vez en las medidas de seguridad.

Parecía que era la primera vez que salía a una misión con su padre, y él también estaba nervioso.

Su madre se acercó con una taza de té de ginseng. Pasó a su lado, le acarició la cabeza con ternura y entró en el estudio.

—Ya que van a fingir que son turistas, llévense a Cristi. Con ella se verá más real, y eso es bueno para tu seguridad. Confío en Tobías, sé que todos van a regresar bien.

Cristina no recordaba lo que se dijo después.

A la mañana siguiente, antes de salir, su madre se inclinó hacia ella y le dijo con una sonrisa:

—Pórtate bien en el viaje, no le des lata a tu papá y ayúdame a cuidármelo mucho, ¿entendiste?

Aunque Cristina ya tenía doce años, no entendía muy bien la situación de su padre.

Asintió sin comprender del todo, feliz de acompañarlo.

Quién hubiera pensado que, días después, se convertiría en un escudo humano para protegerlo, solo para terminar abandonada en las aguas heladas de un río.

—¿Cristina? ¡Cristina!

Lidia le dio un suave empujón en el brazo, sacándola de aquel gélido recuerdo.

—¿En qué tanto piensas? Te estoy hablando y ni me pelas.

Cristina, temiendo que notara sus ojos enrojecidos, bajó la mirada.

—¿Qué decías?

Lidia señaló con la barbilla el Alfa Romeo blanco que se alejaba.

—Digo que, viéndolas bien, tú y ella tienen un aire en la estructura de la cara.

Cristina arqueó una ceja casi imperceptiblemente, su voz tan ligera como el humo.

—¿No que ibas a interrogarla? ¿O qué, el interrogatorio se convirtió en coqueteo?

Eduardo guardó silencio, sus dedos seguían tecleando a toda velocidad.

Al no obtener respuesta, la ira de Betina se encendió. Se acercó a la mesa y, de un tirón, desconectó el cable de la computadora.

Eduardo finalmente levantó la vista hacia ella, con el ceño ligeramente fruncido.

—No tengo nada que decir sobre algo que no pasó.

—Te recuerdo que esa es una cualquiera. Si estás conmigo, ¡más te vale que te comportes!

Eduardo le sostuvo la mirada, su tono era sereno.

—¿Serías capaz de actuar así frente a tus padres?

—¡Eduardo!

Ignorando su furia, se levantó para volver a conectar el cable. Su voz sonó grave y clara.

—A veces, de verdad desearía que tus padres vieran cómo eres en realidad. Si no acepto las condiciones de Cristina, mañana mismo tus padres lo verán.

***

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