Tobías tomó la mano de Cristina, entrelazando sus dedos con los de ella. Sin decir una palabra más, la guio hacia la salida.
Después de dar un par de pasos, Cristina se giró de repente para mirar a la señora Rivas.
La encontró observándola fijamente, sostenida por el mayordomo.
Tenía la misma mirada terca que su hija, pero en su semblante había un matiz de extrañeza y distancia.
Un torbellino de emociones, una mezcla de dolor y complejidad, amenazaba con desbordarse de los ojos de la señora Rivas.
Cristina apartó la vista en silencio y, hombro con hombro con Tobías, se marchó sin mirar atrás.
—Señora, llamaré al médico de inmediato —dijo el mayordomo.
—Prepara la medicina que cocinaste, ponle bastante azúcar, divídela en porciones y llévasela a Betina.
—Sí, señora.
La señora Rivas se dio la vuelta y entró lentamente en la casa.
El hombre robusto, al ver que todos se habían ido, llamó dos veces al patriarca.
Isacio volvió en sí.
—¿Qué pasa?
El hombre señaló hacia la entrada.
—Esa mujer se llevó el látigo ancestral de la familia.
Los ojos de Isacio casi escupieron fuego por la rabia.
—¿¡Y por qué no lo dijiste antes!?
***
Tobías salió con Cristina de la mansión Rivas. Santiago y Lidia, que esperaban en la entrada, se acercaron de inmediato.
Ambos bajaron la cabeza instintivamente al encontrarse con la mirada de Tobías.
—Señor —dijo Santiago, tomando la iniciativa—, ¿la señora llegó a tiempo?
Tobías estaba descontento porque le había ordenado que la llevara de vuelta y, en lugar de eso, la había dejado entrar.
—A ver si te instalas un antivirus en el cerebro.
Santiago se defendió con una honestidad brutal:
—Pero lo que dijo la señora tenía mucho sentido, no pude refutarla…
—¿Y que no puedas refutarla significa que tiene razón? —replicó Tobías.
Santiago se enderezó y, con aire solemne, declaró:
—Las palabras de la señora también son una orden, y no puedo desobedecerlas.
Esta declaración dejó a Tobías momentáneamente sin palabras.
—¿Y a mí qué me importa si se lastimó o no?
Tobías no discutió con ella. Simplemente tomó su mano con delicadeza. El calor que emanaba de su palma hizo que Cristina se estremeciera ligeramente…
***
Mientras tanto, en la mansión Rivas.
El médico limpió cuidadosamente la herida de la señora Rivas, aplicó una pomada y le dejó analgésicos y antiinflamatorios.
—Por suerte, la persona que manejaba el látigo contuvo la fuerza. Aplique la pomada a sus horas y descanse, con eso estará bien. Si esta noche le duele mucho y no puede dormir o le da fiebre, tómese la medicina que le dejé.
Después de que el médico se fue, la asistente personal, que había estado a su lado con cara de preocupación, no pudo contenerse más:
—Señora, es usted demasiado blanda. ¿Cómo puede dejar que el asunto del señor casándose con otra termine así nada más? Incluso si esa señorita Pérez… se parece un poco, eso no puede ser una excusa.
La señora Rivas se recostó sobre un cojín suave, el dolor punzante y ardiente en su brazo la hacía palidecer.
Negó con la cabeza, su voz un poco débil.
—Bárbara, no lo entiendes. No es solo que se parezca…
A pesar de su confianza en Tobías, el brillo en los ojos de aquella chica, el fuego que se encendió en ellos cuando la vio herida… todo la empujaba a tener que descubrir la verdad por sí misma.
Una punzada de dolor recorrió su brazo de nuevo.
—Ve —ordenó la señora Rivas, respirando hondo—, llama a Leonardo Rivas. Quiero que investigue a fondo los antecedentes de esa tal señorita Pérez.

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