Al regresar a Villa Los Alamos, Cristina estaba tan absorta en sus pensamientos que, al bajar del carro, entró a la casa sin esperar a nadie.
Santiago le informó a Tobías sobre un par de asuntos de trabajo, y con eso, su jornada y la de Lidia concluyeron.
Cristina empujó la puerta con la cabeza gacha cuando, de repente, una figura detrás de ella la arrastró hacia adentro con el impulso, apoyándola suavemente contra la pared.
Un aroma fresco y masculino la envolvió al instante, y la respiración agitada del hombre delataba sus intenciones.
—Tobías… —Cristina apoyó las manos en su pecho—, insistí en venir a Clarosol. ¿No estás enojado conmigo?
El beso que estaba a punto de darle se detuvo ante su pregunta. Su voz era grave.
—No solo estoy enojado, también estoy resentido. ¿Por qué no seguiste mis instrucciones? Incluso si querías venir, deberías haber elegido el momento adecuado. Con tu llegada, agitaste el avispero y me tomaste completamente por sorpresa.
—Entonces… ¿estás muy enojado?
—Sí —su voz era profunda—. ¿Qué hacemos? ¿Me das un beso?
—¡Tobías! Estoy hablando en serio.
El pecho del hombre vibró con una risa grave y placentera.
—Haz lo que quieras hacer. Aquí estoy yo para respaldarte.
Cristina se sintió conmovida. Él, que tenía más derecho que Octavio a controlarla y darle órdenes, nunca lo había hecho.
—¿No sientes que soy un problema?
—Nada que tenga que ver contigo es un problema —le acarició la mejilla con la punta de los dedos—. Te consiento porque quiero darte calidez, no para ponerte cadenas. Así que, adelante, haz lo que tengas que hacer. Si el mundo se viene abajo, yo te cubro la espalda.
Una ola de emoción recorrió el corazón de Cristina. Mientras se sentía conmovida, los labios de Tobías ya se acercaban a su mejilla.
—¿Cómo me llamaste hace un rato en el patio de la familia Rivas? Dilo otra vez.
«¿Cómo lo llamé?».
Cristina trató de recordar.
—¿Esposo?
En cuanto las palabras salieron de su boca, los labios del hombre se posaron sobre los suyos.
Un momento después, se apartó ligeramente, con la respiración entrecortada.
—Dilo otra vez.
—Esposo.
Después de repetirlo tres veces, Cristina ya había perdido la noción de todo.
—Yo estoy destinada a casarme con Eduardo Amaya, así que por mucho que a mi madre le guste Cristina, a mí no me afecta. Pero tú eres diferente. Tus esperanzas de casarte con el cuñado se han esfumado…
Betina se detuvo en el momento justo.
El rostro de Salomé, tal como esperaba, mostró pánico ante su futuro incierto.
—No necesito decirte qué hacer, ¿o sí? —dijo Betina con calma.
—No soy tonta —respondió Salomé entre dientes.
Betina, habiendo logrado su objetivo, sonrió levemente.
—Si necesitas ayuda, solo dímelo. Soy tu hermana, siempre te ayudaré.
Al terminar de hablar, Salomé giró la cabeza de repente y la miró fijamente.
Esa mirada inquisitiva hizo que Betina sintiera un escalofrío.
—¿Qué pasa?
—Hermana, ¿Cristina es de verdad la hija de mamá?
«Así que era eso lo que le preocupaba», pensó Betina, soltando un suspiro de alivio en su interior.

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