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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 523

No mencionó nada sobre esperar el veredicto de la policía; solo habló de «quedarse o irse» y de «decidir».

Cristina, por supuesto, entendió el doble sentido de sus palabras.

Si no le daba a gente como Celeste lo que quería, este asunto seguramente se haría más grande.

Dada la situación, si tanto se había esforzado para que su hija se quedara, pues que se quedara. Total… en el pueblo de donde venían, seguro que no tardarían en encontrar un buen lugar para una tumba.

Bajó la mirada y se levantó lentamente.

—Por razones humanitarias, puedo aceptar que se quede en la casa para recuperarse.

Al oír esto, una sonrisa de victoria apareció en el rostro de Celeste.

—Pero… —Cristina cambió de tono—, cuando salga el peritaje de tránsito, procederemos como se deba. Matrimonio Abel, Celeste, ¿están de acuerdo?

Celeste miró a su esposo. Aunque las palabras de Cristina le sonaban extrañas, las heridas de su hija no eran graves. Incluso si la responsabilidad era compartida, con la compensación por gastos médicos y demás, la suma sería limitada. El señor Jurado no tendría problemas en pagarla.

Así que asintió.

—Procederemos según el peritaje. Estamos de acuerdo.

Cristina guardó su celular y esbozó una leve sonrisa.

—Perfecto. Ya grabé tu respuesta, para que luego no te eches para atrás.

Tras decir esto, se dirigió hacia la salida, dejando incluso a Tobías atrás.

Afuera, la lluvia ya había parado.

—Cristina, lo siento. Fue mi descuido, dejé que esa zorra se saliera con la suya —dijo Lidia, alcanzándola.

Cristina caminó a grandes zancadas hacia el estacionamiento, con una sonrisa despreocupada en el rostro.

—No te preocupes. Ve a que reparen mi carro.

Su carro estaba modificado. Un solo espejo retrovisor costaba una fortuna. Si tenía el más mínimo rasguño…

Lidia entendió la jugada al instante. Sus ojos se abrieron como platos.

—Cristina, ¡qué buena lección!

Al llegar al estacionamiento, Cristina se detuvo. Tobías apareció por detrás, la rodeó y le abrió la puerta trasera del Ferrari.

—Vuelve en mi carro.

Temía que ella se enojara y se distanciara.

Sin embargo, para su sorpresa, Cristina no se resistió. Justo cuando iba a subir, Celeste corrió hacia ellos.

—Señor, señor…

Tobías frunció el ceño de forma casi imperceptible y la miró.

—Cristina, a mí no me importa dónde me quede —dijo Lidia, que no quería causarle problemas a Cristina, ofreciéndose a mudarse a los cuartos de servicio.

Cristina arqueó una ceja.

—Celeste, ¿planeas darte en estos días todos los lujos que no has tenido en tu vida?

Celeste solo entendió que estaba cediendo y dijo, feliz:

—¡Claro que no! Es para que mi hija se recupere mejor.

Cristina asintió.

—Está bien, tú te lo buscaste.

Sin prestar atención a la expresión satisfecha y arrogante de Celeste, se dio la vuelta y subió al carro.

En cuanto se sentó, Tobías la abrazó por la espalda.

—Ni siquiera miré a esa mujer. ¿La señora sigue enojada?

Rozó con sus labios el lóbulo sensible de su oreja, su tono era una mezcla de cautela y adulación.

Cristina se recargó en su pecho, pero su voz sonaba apagada.

—¿Ya viste qué clase de gente es esa familia?

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