—Sí, ya lo vi —respondió Tobías, apretando su abrazo—. Para lidiar con gente así, no hay que precipitarse. Cuando todo esto se calme, buscaremos una excusa y los despediremos.
Cristina soltó una risita en su pecho, sin decir más.
Tobías, por supuesto, entendió lo que no decía.
Ella pensaba que él era demasiado tolerante, que estaba criando cuervos. Pero él tenía otros planes: esa gentuza era perfecta para que su Cristi practicara y se entretuviera un poco.
Tobías bajó la cabeza, su nariz rozando de forma sugerente el contorno de su oreja mientras susurraba:
—La señora puede encargarse de esto como quiera. Yo no me meteré.
Cristina pareció satisfecha con su respuesta. Recordando la llamada que él había recibido por la mañana, preguntó con una estudiada indiferencia:
—¿Terminaste con todos tus pendientes de hoy?
Tobías sonrió profundamente, respondiendo con calma:
—Sí, todo listo.
—¿Y mañana… no continuarás?
Eligió sus palabras con cuidado, como si solo estuviera interesada en su agenda.
Tobías la miró de perfil, su mirada se volvió gradualmente más profunda e indescifrable.
Un par de segundos después, sonrió de nuevo.
—El trabajo nunca se acaba. ¿Por qué? ¿Te preocupa que no tenga tiempo para estar contigo o… tienes otra pregunta en mente?
Cristina no obtuvo la respuesta que buscaba, pero no podía preguntar de forma más directa, así que solo sonrió.
—No es que me muera porque estés conmigo.
—Ah, ¿no?
El hombre le pellizcó suavemente la cintura. A Cristina le daban cosquillas y comenzó a retorcerse en sus brazos.
Entre risas, él preguntó de repente:
—¿De niña también te daban tantas cosquillas?
Un «sí» estuvo a punto de escapársele, pero Cristina lo contuvo a la fuerza en su garganta.
—Trata de ser más discreta. El señor Jurado ha sido bueno con nosotros, ¿podrías dejar de hacer estas cosas?
—¡Mi hija lo hace por el bien de toda la familia! ¿O es que tú ganas lo suficiente?
Las palabras de Celeste dejaron a Abel sin respuesta.
—No nos arruines el momento. ¡Lárgate!
Abel suspiró y salió de la habitación.
Olivia, que había estado callada, tomó la mano de Celeste, con el rostro lleno de preocupación.
—Mamá, en el hospital, el señor Jurado ni siquiera me miró. ¿De qué sirvió que viera mi buen cuerpo?
—¡No seas impaciente!
La mano de Celeste se posó en la diminuta cintura de su hija, y un brillo de astucia y crueldad apareció en sus ojos turbios.
—¡Con ese cuerpazo que tienes, en otros tiempos, habrías sido la reina de las cortesanas! Además, eres virgen, estás limpia. ¿En qué te puede ganar esa Cristina? Si una mujer de segunda mano como ella pudo volver loco al señor, ¡no me digas que si te lo propones, no podrás atrapar su corazón!

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