Cristina dejó la crema y se levantó con elegancia. Tomando la iniciativa, rodeó el cuello de Tobías con sus brazos, sus dedos trazando ligeros círculos en su nuca.
—Son asuntos rutinarios de la empresa, ¿qué tanto hay que decir?
Luego, inclinó la cabeza ligeramente hacia atrás, su tono mezclando un toque de capricho y orgullo.
—Además, soy tu esposa, no tu subordinada, y mucho menos tu amante. Señor Jurado, tendrás que irte acostumbrando a que de ahora en adelante, primero actúo y luego te aviso.
Tobías la miró fijamente. Antes, ella solo se defendía pasivamente; ahora, mostraba sus garras con audacia.
En el fondo de su corazón, sintió una punzada de secreta melancolía al ver cómo la sombra de la mujer sumisa y dependiente se desvanecía. Sin embargo, una admiración aún más intensa surgió de inmediato, porque así era como ella debía florecer.
Sus nudillos se tensaron, agarrándola por la cintura, su voz grave.
—¿Quieres que sea un mandilón?
—¿Lo serás, esposo?
Tobías no tenía defensa alguna contra ese dulce «esposo».
—No es mala idea, pero un hombre tiene que estar bien satisfecho para obedecer.
Cristina sonrió con picardía.
—¿No dicen que mientras más le da el hombre, más le gusta a la mujer?
Tobías sintió que ella lo tenía completamente a su merced. Inclinó la cabeza, con la intención de morderle el cuello.
Pero Cristina lo detuvo.
—Sobre la ubicación del Centro de Investigación e Innovación, ¿te encargarías tú?
Tobías no pudo evitar reírse ante su maniobra.
—Está bien.
—Entonces, descansemos ya.
Cristina se apartó de él y caminó hacia la cama.
«Satisfacerlo, ¡ni en sus sueños! ¿Acaso no era ella la que siempre terminaba desmayada cuando él estaba más hambriento?».
Tobías observó su esbelta figura, su mirada se profundizó. De repente, dijo:
—Mañana tengo que seguir con el asunto de Jael.
—Si falta personal en la casa, Tomás se encargará. Ya que estás aquí como invitada para recuperarte, limítate a descansar en tu habitación. No tienes que preocuparte por nada de lo que pasa aquí.
En otras palabras, le estaba diciendo que supiera cuál era su lugar y no se metiera donde no la llamaban.
Sin embargo, Olivia interpretó sus palabras como una muestra de consideración y cariño por parte de Tobías.
En cuanto él terminó de hablar, sus mejillas se sonrojaron levemente. Levantó la vista rápidamente para echar un vistazo furtivo al hombre que le estaba acomodando la silla a su esposa, y luego volvió a bajar la cabeza, respondiendo en voz baja:
—Sí, gracias por su preocupación, señor Jurado. Me recuperaré pronto.
Cristina no le dedicó ni una mirada, e incluso ignoró el sonido de su voz.
Sobre la mesa había varios platillos para el desayuno. Lo más llamativo eran unas empanaditas de camarón rosadas y un tazón con pequeñas y redondas bolitas de arroz glutinoso con osmanto, que al acercarse desprendían un ligero aroma a piloncillo.
Cristina no tocó nada más. Se sirvió un tazón de las bolitas de arroz y puso dos empanaditas en su plato.
—¿No vas a comer algo más? —preguntó Tobías con voz suave.
Cristina revolvió las bolitas de arroz en su tazón con la cuchara. Recordó la forma coqueta en que Olivia le había hablado a él y respondió con frialdad:
—No es asunto tuyo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Revancha de una Ex-Ama de Casa