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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 53

Si antes podía decirse que todas aquellas experiencias de Octavio ocurrían lejos, donde él no podía hacer nada ni protegerse a sí mismo, lo de hoy era distinto.

Hoy, él estuvo ahí, pero aun así, eligió salvar a Marisol.

Un escalofrío recorrió la punta de los dedos de Cristina.

Estaba a punto de buscar la manera de escapar cuando una mano se cerró con fuerza en su cuello.

No alcanzó ni a reaccionar. Quien la sujetaba la arrastró brutalmente en una sola dirección.

Por la fuerza con la que la jalaban, Cristina comprendió que no venían a rescatarla.

Sentía la garganta ardiendo, incapaz de gritar, pero hundió las uñas con furia en la piel del agresor.

La mano reaccionó apretando aún más, cortándole casi todo el aire.

A través de la nube de humo, Cristina alcanzó a distinguir una ventana justo delante.

En ese instante, entendió que la intención era arrojarla por ahí.

Aunque estaban en el segundo piso, sabía que los locales comerciales de esa zona tenían techos altos, de hasta cinco metros, así que una caída desde ahí podría matarla o dejarla con secuelas graves.

Se debatió con todas sus fuerzas y, justo cuando sentía que la levantaban, una ráfaga de energía los separó.

El atacante salió volando hacia el humo denso.

Cristina fue a dar contra un pecho sólido.

Antes de que pudiera entender qué pasaba, el hombre la giró y la levantó sobre su hombro.

—El humo es venenoso. Tienes que respirar despacio.

La voz, profunda y serena, le resonó en los oídos. Cristina sintió la cabeza pesada, y todo su olfato se llenó del misterioso aroma amaderado que desprendía él.

Pisando entre vidrios rotos, salieron del Estudio Fotográfico. Cristina ya no podía abrir los ojos por el ardor.

—Señor Jurado...

El asistente les abrió la puerta del carro.

Cristina se quedó sin aire. ¿Otra vez él?

El hombre la acomodó en el asiento trasero y soltó:

—Vamos al Hospital General del Norte.

Ese hospital era el mejor de Valenciora, el mismo al que Cristina solía ir, donde ahora Julieta estaba internada.

Cristina apretó los puños y, soportando el dolor de garganta, murmuró:

—No quiero ir ahí.

El carro quedó en silencio unos segundos.

Cuando el asistente estaba por ordenar que de todos modos fueran al Hospital General del Norte, el jefe soltó una carcajada baja.

—Vamos al Hospital Santo Tomás.

Al verla con los ojos vendados, se le acercó de inmediato.

—¿Y ahora qué te pasó en los ojos? ¡Yo que apostaba a que mi gallina de los huevos de oro se recuperaría pronto! ¿Vas a estar bien o no?

Cristina respondió con calma:

—Fue el humo tóxico, me dañó un poco los ojos, pero ya me pusieron medicamento. Mañana estaré bien.

Ángela soltó un suspiro, pero de inmediato se enfadó de nuevo.

—¿Qué le pasa a Octavio? Salvó a la otra y no a ti, y todavía tiene el descaro de llamarme para preguntarme por ti. ¿Ahora resulta que es actor?

En ese momento, el celular de Cristina volvió a sonar, pero se apagó antes de que pudiera contestar, se había quedado sin batería.

Con los ojos vendados, Cristina ni se molestó en intentar responder.

—Bien hecho, que ni le contestes. Que se muera de la preocupación.

—Él no se va a preocupar —comentó Cristina con voz tranquila—. Solo quiere confirmar si sigo viva.

Para ella, ya estaba claro: Octavio no sentía nada por ella, solo la veía como el escudo de Marisol.

El coraje de Ángela iba en aumento.

—¿Ves? Si solo hubieras aguantado un poco más después de graduarte, sin casarte, y te hubieras lanzado conmigo a emprender, invirtiendo tu talento... nuestra situación hoy sería otra.

Mientras hablaba, Ángela le puso en las manos un contrato de transferencia de bienes elaborado por el departamento legal.

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