—Señora, discúlpeme por la molestia de mudarme aquí. Quise traerle este pequeño detalle como muestra de cortesía.
Mientras decía eso, Marisol le ofreció un frasco de gel de baño envuelto con esmero.
—Este es un gel de baño con aroma a naranja, edición exclusiva, no se consigue en tiendas. Cada fragancia está pensada para una sola persona. Yo siempre he usado esta, huele riquísimo. En realidad, debí dárselo anoche, pero como era tarde, preferí esperar hasta hoy —explicó Marisol con una sonrisa.
Pero Cristina no lo aceptó.
Todo lo que usaban las mujeres que Octavio cuidaba, por supuesto que era de lo mejor.
Después de cuatro años a su lado, ¿qué representaba ella realmente?
Antes se creía alguien importante, pero ahora, ni siquiera sentía que fuera parte de la decoración.
—¿Aroma a naranja? —preguntó Cristina, recordando el olor en la ropa de Octavio aquel día.
—Señorita Lozano, su hermano no está, no tiene que fingir conmigo. Cuando empiece a usar este gel de baño, ni yo voy a distinguir si el olor que él trae es suyo o mío. Una vez más, termino cubriéndoles las apariencias. Su plan es tan evidente que hasta en el Polo Sur lo escucharían.
—No es así, nunca pensé en eso… —intentó explicarse Marisol.
En ese momento, Octavio apareció, impecablemente vestido, saliendo del estudio.
—¿Qué pasa aquí?
El rostro de Marisol todavía mostraba incomodidad y algo de desamparo, y Octavio lo notó enseguida.
—Nada, solo estábamos platicando —respondió Marisol, bajando la mirada.
Ese tipo de respuesta era peor que una queja directa.
Cristina cerró los ojos un instante, resignada a que Octavio le soltara alguna reprimenda.
Pero Octavio detuvo la mirada en el frasco de gel de baño.
—A tu cuñada no le gusta el aroma a naranja. Ese es tu favorito, mejor quédate tú con él. Somos familia, no hace falta estar dando regalos solo por cortesía.
Marisol asintió y se llevó el gel de baño de regreso a su habitación.
Cristina fue a cerrar la puerta, pero Octavio se coló justo cuando ella estaba por hacerlo.
—Tu hermana se quedó molesta, ¿no vas a ir a calmarla?
Octavio revisó la hora en su reloj.
—Más tarde vamos al Estudio Fotográfico para tomarnos las fotos del cuarto aniversario de bodas. Deja la mañana libre.
Cristina arrugó la frente.
—¿Por qué no lo avisaste antes?
Octavio la miró con una mezcla de fastidio y desdén.
—No tienes nada más importante que hacer. Unas horas fuera no te van a afectar.
Cristina respiró hondo, aguantando las ganas de discutir.
Al ver que ella no respondía, Octavio supo que había cedido. Tomó su mano y volvió a colocarle el anillo de bodas, una réplica del original.
Pero durante la sesión, ella se mostró tranquila, e incluso compartió la alegría con ellos.
Si de verdad tuviera segundas intenciones, no podría fingir tan bien.
—¿Quieres tomarte unas fotos? —le preguntó Octavio a Marisol.
Ella se sorprendió.
—¿Puedo?
Octavio hizo una seña a uno de los empleados.
—Prepárenle una sesión artística.
Marisol, tratando de mantener la compostura, siguió al personal del estudio hacia el vestidor.
...
No habían pasado ni dos minutos cuando, justo entre el área de maquillaje y el vestidor, una explosión sacudió el lugar.
El tabique de yeso cayó por la fuerza de la onda expansiva, y una nube densa y gris cubrió por completo el espacio.
Cristina, con los ojos irritados por el humo, apenas podía ver mientras intentaba ponerse de pie entre el desorden. Quiso buscar a Octavio, pero alcanzó a escuchar a uno de los guardaespaldas gritándole por el intercomunicador:
—El señor Lozano lo dejó claro: primero la señorita Lozano.
—Encuentren a la señorita Lozano y sáquenla de aquí cuanto antes.

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