Resultaba que el famoso señor Jurado ya se había casado con otra, lo que hacía que la actitud triunfante de Salomé Rivas momentos antes pareciera ridícula.
La sonrisa de Salomé se congeló en su rostro, como si le hubieran dado una bofetada en público. La humillación y el rencor bullían en sus ojos.
Después de intercambiar unas palabras con la señora Rivas, Alexander invitó a Tobías a pasar a la trastienda para admirar algunas de las valiosas donaciones que habían llegado por adelantado.
En cuanto se alejaron, Salomé no tardó en dirigir su ataque hacia Cristina.
Alzó la voz, asegurándose de que todos a su alrededor pudieran oírla.
—Cristina, tu vestido es bastante original, pero me resulta familiar…
Fingió pensar un momento y luego mostró una expresión de sorpresa.
—No me digas que ni siquiera tienes un diseñador exclusivo. ¿Acaso alquilaste el vestido?
Al oír esto, todas las miradas se centraron en el atuendo de Cristina.
En un evento como este, llevar un vestido alquilado era inapropiado, e incluso una falta de respeto.
Salomé, habiendo logrado su objetivo, se tocó el collar que llevaba puesto y dijo con aire presumido:
—Para mostrar la importancia que le doy a esta cena benéfica, me puse este collar que me regaló mi madre. Es una pieza única, de un diseñador famoso. A fin de cuentas, para asistir a este tipo de eventos se necesita tener algo de clase, para no hacer quedar mal a Toby.
La mirada de Cristina se posó en el collar de Salomé, y contuvo el aliento.
Conocía ese collar.
En el centro había una piedra lunar que emitía un suave resplandor azul, adornada con pequeños diamantes.
Lo que hacía único a ese collar no eran las gemas, sino que la cadena estaba hecha de un metal con memoria extremadamente raro, lo que le confería una resistencia y una textura únicas, muy superiores a las de una joya común.
La piedra lunar se la había regalado Tobías cuando eran niños. A la señora Rivas, al ver cuánto le gustaba, se le ocurrió que su esposo consiguiera ese metal especial y contrató a un diseñador para que creara un collar con ella. Se lo regaló en su décimo cumpleaños.
Y ahora, su regalo de cumpleaños único en el mundo, lo llevaba Salomé en el cuello.
Una emoción, mezcla de frialdad y amargura, se apoderó del corazón de Cristina.
—Gracias, señora Rivas. Con gente como Salomé, lo mejor es no hacerles caso.
Sin embargo, la señora Anaya la miraba fijamente y la llamó en voz baja:
—¿Eres… Carlota?
El corazón de Cristina dio un vuelco, pero en su rostro no se reflejó sorpresa alguna. Al contrario, con un tono de perfecta confusión, respondió:
—¿Carlota? Lo siento, no conozco a nadie con ese nombre.
La luz de esperanza en los ojos de la señora Anaya se apagó al instante. Con decepción, dijo:
—Perdóname, he sido muy imprudente. Es que te pareces tanto a una amiga de mi infancia. Desapareció cuando tenía doce años, y después la dieron por muerta. Hace poco oí rumores de que podría estar viva, y pensé…
No terminó la frase, simplemente negó con la cabeza con amargura.
Fue entonces cuando Cristina recordó vagamente que, en su niñez, tenía una amiga inseparable.

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