Ella sonrió levemente, manteniendo una postura serena.
—Voy a donar el monto total del valor original de este vestido, tres millones doscientos mil pesos, al proyecto de caridad de esta noche. Es solo un pequeño gesto.
Sus palabras provocaron un murmullo de admiración.
Un invitado de edad madura y aspecto respetable no pudo evitar elogiar a Tobías en voz alta:
—¡Su esposa es tan bella como bondadosa!
Tobías colocó la mano de Cristina sobre su brazo y respondió con calma:
—Gracias. Permítanme presentar formalmente la otra identidad de mi mujer. Cristina, la directora técnica de Dinámica Suprema.
—¿Dinámica Suprema? ¿La empresa que lanzó la tecnología de almacenamiento de energía «AbreLatam»?
—Todas las empresas de defensa del mundo quieren contactar con Dinámica Suprema. Jamás imaginé que su directora técnica fuera la señora de Jurado.
Las exclamaciones surgían una tras otra. Las miradas de todos cambiaron instantáneamente del escrutinio hacia la «señora Jurado» a la admiración por la «señorita Pérez».
En ese momento, ya no era Cristina quien necesitaba el brillo de Tobías; al contrario, era Tobías quien se enorgullecía de tener tal esposa.
En el atractivo rostro de Tobías se dibujó una leve sonrisa de orgullo compartido.
Le dio unas palmaditas suaves en la mano a su esposa y la sacó del salón de banquetes.
Alexander observó las figuras de ambos alejándose, con una sonrisa burlona en la comisura de los labios y una mirada cada vez más profunda e indescifrable.
Salomé, sintiéndose derrotada, corrió tras ellos sin importarle nada...
En la entrada del hotel, Santiago acercó el coche lentamente.
Al salir por la puerta principal, Cristina encogió el cuello ante el viento helado de la noche.
Tobías se quitó el saco de inmediato y se lo puso sobre los hombros.
Justo en ese momento, Salomé llegó trotando, levantándose el vestido, con la voz quebrada por el llanto:
—Cuñado, Cristina me hizo quedar en ridículo frente a todos. Quiere arruinarme.
Sin embargo, Tobías no dijo nada. Cristina se acercó unos pasos a ella y tomó la palabra.
—Estoy aquí. Yo decido si tu cuñado acepta o no tus quejas.
Salomé rechinó los dientes de coraje.
—Cristina, no seas tan arrogante.
Cristina sonrió levemente y dijo con una voz que solo ellas dos podían escuchar:
—¿Y qué si no te parece? ¿Acaso tienes el valor de venir a Villa Los Álamos a buscarme?
Las pupilas de Salomé se contrajeron ante sus palabras. Antes de que pudiera reaccionar, la señora Rivas también salió apresuradamente tras ellas.
Cristina arqueó las cejas con disgusto, pero no discutió con Tobías.
Volvió la mirada hacia la señora Rivas. Su tono se suavizó, pero sus ojos seguían gélidos.
—Lamento haber roto su collar, señora Rivas.
Dicho esto, sin pizca de culpa, subió al coche sola.
Mirando su espalda decidida, la señora Rivas se quedó rígida en su lugar.
Quizás su intuición fallaba; su Carlota no la miraría con tanta hostilidad.
Tobías vio que alguien atendía a la señora Rivas y entonces subió al vehículo.
Poco después, el auto entró en la autopista.
—El collar era lo que más le importaba a la señora Rivas. ¿Por qué tenías que destruirlo?
Tobías preguntó con calma, pero su mirada capturaba silenciosamente cada microexpresión de Cristina.
Cristina giró la cabeza para mirar el paisaje nocturno que pasaba por la ventana, con una mueca de frialdad en los labios.
—Si se lo regaló a su hija adoptiva, ¿cómo puede llamarlo «lo que más le importa»?
Inmediatamente cambió de tono, con una sonrisa burlona en el rostro.

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