Cristina lo miró a los ojos, con una sonrisa educada en los labios.
—La gente casada debe tener un sentido básico de los límites, ¿no crees?
Alexander se atragantó con sus palabras y soltó una risa seca.
—Qué bromista es la señorita Pérez.
Luego, se sentó frente a Cristina con resignación y una expresión de impotencia.
—Seguro que la señorita Pérez ya sabe quiénes somos. Que la familia Anaya tenga tanto poder en Clarosol quizá no sea tan bueno. Mira mi caso: abro los ojos y tengo más de cien pendientes que resolver. Y como el tío abuelo confía en mí y se desvive por impulsarme, la carga sobre mis hombros… es muy pesada.
Cristina dio un sorbo a su té de manzanilla y sonrió levemente.
—Esas cargas, ¿no se las echa uno mismo encima? Con la posición que tiene el señor Anaya, si quisiera relajarse, podría tirarse a la hamaca cuando quisiera.
—No se puede ver así, uno tiene que asumir sus responsabilidades. El imperio de la familia Anaya es enorme, pero también hay mucha gente que mantener. La última vez que mi tío abuelo habló contigo, reflexionó mucho. Dijo que para negociar con alguien como tú, que se enfoca en la tecnología, usar las tácticas de siempre fue una falta de sinceridad y de respeto.
Alexander adoptó una postura humilde.
—Sé que el dinero por sí solo no te mueve. Pero espero que veas la determinación de las empresas Anaya por impulsar la tecnología nacional. Claro, en cuanto a las condiciones y el respeto, te garantizamos lo mejor.
Cristina agitó suavemente su taza, con la mirada tranquila.
—Me cae bien, señor Anaya, así que no le daré vueltas. Tengo demasiados problemas ahora, no tengo cabeza para cooperaciones. Como ahorita: esa tal Salomé debería estar en la cárcel reflexionando y pagando como criminal, pero vive como reina y hasta quiere salir para fastidiarme.
Suspiró ligeramente y negó con la cabeza.
—Si hasta una presa puede recibir tantas «atenciones», es difícil tener fe en un ambiente así para colaborar en el futuro.
La mano de Alexander, que sostenía la taza, se detuvo casi imperceptiblemente.
Entendió perfectamente la indirecta. Pero Salomé… él acababa de dar la orden para que aprobaran su libertad bajo fianza.
Las palabras de Cristina sonaban a: «Si quieres colaborar, primero limpia la casa».
Justo cuando pensaba qué decir para quedar bien con ambos lados, un grupo de personas pasó junto a su mesa.
—¡Alexander!
¿Una huérfana sin buena educación iba a lograr algo importante?
Pero si hasta Alexander la trataba con tanta deferencia, debía tener algo especial.
—Eduardo dice que hace mucho que no te ve, deberían salir a tomar algo un día.
Dicho esto, Genaro se fue rápido para disimular la incomodidad.
Cristina miró de reojo la espalda de Genaro, levantó su taza y preguntó como quien no quiere la cosa:
—El señor Anaya tiene contactos por todos lados. No solo se lleva con los Rivas, sino también con los Amaya… Seguro también es muy cercano a la señorita Betina, ¿no?
El corazón de Alexander dio un vuelco y lo negó de inmediato.
—No, no tanto. Solo he tenido trato con los Rivas estos años por necesidad, pero con la señorita Betina cruzo dos palabras al año si acaso.
Cristina, que se llevaba la taza a la boca, clavó la mirada en él al escuchar eso.
Las pistas dispersas en su mente se conectaron, y un escalofrío le recorrió la espalda.

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