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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 59

Marco sabía que había cometido un error grave y, con evidente incomodidad, miró a Cristina.

—Señora, la verdad… lo siento mucho. El señor Lozano me pidió que llevara a Emilio al hospital para que la viera, pero justo al llegar a la entrada me topé con la señorita Lozano. Ella dijo que la situación de la señora Lozano era más urgente, así que…

Le costaba terminar la explicación, como si las palabras se le atorasen en la garganta.

Cristina, sin perder la compostura, completó lo que él no se atrevía a decir.

—O sea que, como no pudiste con ella, simplemente dejaste que se llevara al doctor que me iba a revisar. No cumpliste la tarea que te dio el señor Lozano, ¿esperas que interceda por ti cuando regresemos?

Marco bajó la cabeza, lleno de remordimiento.

—Perdón, señora.

—Cuñada, no culpes a Marco.

Emilio se había ido, y ahora Marisol se adelantó, colocándose entre Marco y Cristina, con una actitud casi heroica.

—Fui yo quien se preocupó por mi mamá. Si quieres culpar a alguien, la culpa es mía.

Si se trataba de ganarse a la gente, Marisol tenía maestría.

Cristina alzó una ceja, con una media sonrisa incrédula.

—¿Y por qué habría de culparte? ¿Crees que puedes hacer y deshacer delante de mí nada más porque Octavio te respalda?

En ese momento, el celular de Cristina comenzó a sonar. Era Octavio. Ella contestó, sin apuro.

—¿Ya consultaron? ¿Qué dijo Emilio?

Cristina miró de reojo a Marco y, con voz serena, respondió:

—No hubo consulta, Emilio ya se fue.

Al otro lado de la línea, la voz de Octavio sonó cargada de fastidio.

—Cristina, te pedí ir al doctor por tu bien. ¿De verdad tienes que poner en riesgo tu salud solo para llevarme la contraria? ¿Cuándo vas a dejar de portarte tan infantil?

Sin responderle, Cristina colgó la llamada, ignoró a todos y abandonó el hospital.

...

Cristina terminó de trabajar en Dinámica Suprema y no volvió a Residencial Bahía Platina hasta después de las diez de la noche.

Al llegar, para su sorpresa, la sala estaba completamente iluminada.

—A Marco le desconté medio año de bonos y lo dejé en revisión por tres meses. Marisol ya entendió que cometió un error y está muy afectada; no puede alterarse. Si tienes otra queja, dímela. Si está en mis manos, la resuelvo.

Cristina soltó una carcajada que no llegó a sus ojos.

—Disculpa, pensé que me detenías para que ellos me pidieran disculpas. Pero ahora veo que solo quieres advertirme que no haga sentir mal a tu queridísima hermana. Ya entendí, no hace falta que sigas presumiendo lo unidos que son. ¿Terminamos? ¿Puedo irme a dormir?

—¡Cristina! —Octavio ya empezaba a perder la paciencia—. ¿Qué necesitas para dejar de armar este drama?

A fin de cuentas, todo terminaba siendo culpa suya.

Cristina esbozó una sonrisa sarcástica, sus labios curvados pero la mirada vacía.

—Haz que tu hermana se largue de esta casa y te prometo que no armaré más “dramas”.

El gesto de Octavio se tensó, la mandíbula apretada y el ambiente se volvió tan pesado que casi podía sentirse.

De pronto, Marisol se abalanzó hacia Cristina y, con un movimiento brusco, se arrodilló ante ella.

—Cuñada, todo es mi culpa. Mi papá ya no está, mi mamá es lo único que me queda y yo solo quería que Emilio le diera esperanza. Pero él dijo que mamá tiene una enfermedad muy grave y no quiso recetarle nada. Perdón, perdón. Por favor, no te enojes con mi hermano ni pelees con él. El que de verdad ama es a ti, no lo hagas sufrir más.

Sus hombros temblaban y, al alzar la cara, las pestañas se le veían empapadas, como un pajarito empapado por la lluvia.

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