Isacio entró caminando con su bastón, seguido por un espiritista de aspecto esquelético.
Tobías entrecerró los ojos y, disimuladamente, dio un paso para colocarse frente a Cristina.
—Papá, ¿qué haces aquí? —preguntó la señora Rivas.
Isacio puso cara de dolor. —Salomé era mi alegría. Ahora que se fue, ¿este viejo jefe de familia no puede venir a verla?
La señora Rivas soltó un par de lágrimas al escucharlo.
Cristina soltó una risa burlona y desvió la mirada.
Pero el dedo huesudo de Isacio la señaló directamente.
—El maestro acaba de hacer una sesión espiritista. El alma de Salomé no descansa; llora lágrimas de sangre diciendo que esta mujer la orilló a la muerte. Su rencor llega al cielo y no puede trascender. ¡Ahora, solo tu sangre puede apaciguarla!
—Papá, esto es...
La señora Rivas frunció el ceño.
En la mansión Rivas nunca se habían prestado para esas cosas.
Iba a protestar, pero Betina la tomó del brazo y le aconsejó: —Mamá, has estado muy agobiada con el funeral de Salomé. Deja que el abuelo se encargue de esto.
La señora Rivas dudó, pero dejó que Betina la apartara a un lado.
Isacio alzó la barbilla. —Señor Domínguez, sáquele sangre. La que sea necesaria.
Benito Domínguez sacudió un plumero ceremonial y dijo con solemnidad fingida: —¡Que el espíritu descanse! La señorita Salomé tiene un rencor acumulado que podría convertirla en un espíritu maligno. Si no se calma pronto, traerá desgracia a la familia. Solo usando la sangre de la culpable para pintar un «talismán de disculpa» y quemarlo se podrá aplacar su ira.
Y sacó una aguja.
Cristina no estaba para aguantar tonterías y lanzó una patada.
Fue un golpe seco y directo. Benito salió volando y chocó contra la mesa del retrato de Salomé; el incensario y las ofrendas rodaron por el suelo con estrépito.

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