Tras varias rondas, aunque tenía buena tolerancia, Tobías empezaba a no aguantar; su mirada se había vuelto algo difusa.
—¿Puedo seguir jugando?
Cristina vio que tenía las mejillas rojas. Aunque estaba decidida a divorciarse, en el fondo no quería hacerlo sufrir demasiado, así que suavizó el tono para preguntarle.
Tobías tenía el cuello de la camisa un poco suelto, y su aroma a madera limpia, mezclado con el alcohol, la envolvía en una atmósfera única.
—Lo importante es que tú te diviertas —dijo el hombre.
Al ver que se hacía el fuerte, Cristina salió del trance que él provocaba y se volvió hacia el compañero de al lado: —Juguemos a los dados.
Tobías: «...»
Como era de esperarse, otro vaso de castigo llegó frente a él.
Tobías frunció el ceño, intentando tomar un respiro, pero una compañera a la que le encantaba el mitote le sujetó la muñeca sonriendo y, guiando su mano, le hizo beber el trago a la fuerza.
Cristina no tuvo tiempo de detenerla; el líquido ardiente bajó por su garganta.
El cuerpo de Tobías se tensó y, como si le hubieran quitado toda la energía, cayó de golpe en el sofá.
—Oye, ¿qué te pasa?
Cristina se inclinó de inmediato para ayudarlo.
En ese momento, Santiago entró apresuradamente al reservado y, al ver la escena, se agachó llamándolo con urgencia: —¡Señor! ¡Señor!
Al ver que Tobías no reaccionaba, Santiago frunció el ceño: —¿Será una congestión alcohólica?
Cristina se asustó al oír eso.
Los modelos cercanos se burlaron: —Ya está viejo, ya no aguanta, ¿para qué viene a lucirse?
Cristina les lanzó una mirada fulminante que calló las risas de toda la habitación.
Al ver que Tobías aún tenía algo de consciencia, decidió llevarlo al hospital junto con Santiago.
—Cristi, ¿necesitas ayuda? —preguntó Eduardo.
—No, sigan divirtiéndose, no quiero arruinarles la fiesta.
Dicho esto, Cristina y Santiago levantaron a Tobías, uno de cada lado, y salieron del club.
Cuando se fueron, las risas volvieron a estallar.
Eduardo se volvió a sentar, agitando su copa con calma: —No se rían tanto. ¿Saben a quién acaban de emborrachar?
Hizo una pausa, disfrutando de cómo se congelaban las sonrisas, y soltó la respuesta con malicia.
—En Clarosol, ¿cuántos «señor Jurado» conocen?
Dos días después, la familia Rivas organizó el velorio de Salomé. La señora Rivas exigió que Tobías asistiera y le recalcó que llevara a Cristina.
Cristina, que buscaba una oportunidad para ejecutar su plan, vio cómo la señora Rivas se la servía en bandeja de plata.
Al atardecer, ambos llegaron a la funeraria tomados de la mano.
Cristina vestía de negro riguroso, sin maquillaje, con un aura fría y distante, mientras que Tobías mantenía su habitual serenidad.
Se veían muy bien juntos.
Betina los vio de reojo, apretó los labios y volteó la cara.
La señora Rivas, al ver que Cristina había accedido a ir, sintió que su enojo disminuía un poco.
Le señaló algo con la barbilla y dijo: —Ve a ponerle una veladora a Salomé para pedirle perdón.
Pero Cristina no se movió; su voz fría resonó claramente en la sala vacía.
—¿Qué se cree ella para que yo le ofrezca mis respetos?
Antes de que la señora Rivas pudiera reaccionar, la voz de Isacio Rivas se escuchó desde la entrada.
—¡Bien dicho! No deberías ponerle una veladora, ¡deberías usar tu sangre para calmar su espíritu!

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