Octavio extendió el brazo y la atrajo suavemente hacia él, colocando su cálida palma sobre su espalda.
—Cualquier otra esposa querría que su marido la acompañara, se enojarían si no fuera así. ¿Por qué tú no me necesitas?
Cristina miró la cama desordenada y respondió con doble sentido:
—La época en que te necesitaba ya pasó. Tu desempeño ha sido aceptable, digamos que... pasable. De todos modos, esto es solo temporal mientras dure el acuerdo.
La mirada del hombre, quien estaba técnicamente en un periodo de prueba antes del divorcio, se oscureció ligeramente.
Sin embargo, después de desayunar, salieron juntos en el coche de Cristina.
Primero fueron al hospital para la revisión ocular y luego, con los resultados en mano, se dirigieron al consultorio del especialista. El médico ajustó la receta basándose en su progreso y Cristina terminó con dos cajas grandes de píldoras herbales.
De vuelta en el auto, Cristina suspiró al ver las cajas.
—¿Acaso tengo que tomar esto hasta que me muera?
Octavio le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja con delicadeza.
—Claro que no. Es posible que haya un nuevo tratamiento; déjame investigar bien y te aviso. Pero hasta entonces, sigue cuidándote.
Cristina no respondió. Al girar la vista, notó que Lidia tenía ganas de decir algo, así que habló:
—Si tienes algo que decir, suéltalo.
Lidia apretó el volante con fuerza.
—El experto encargado del análisis caligráfico de la carta de Salomé se llama Andrés Saldaña. Trabajó para el señor Castillo hace más de diez años. Aunque superficialmente no ha tenido contacto reciente con la familia Anaya, la empresa de su familia tiene vínculos comerciales muy estrechos con las empresas de los Anaya. Sospecho que es un infiltrado de Alexander.
Lo que quería decir era que, si ese hombre seguía órdenes de los Anaya, la vía para limpiar el nombre de Cristina demostrando que la carta era falsa quedaba bloqueada.
—¿Quieres que lo reemplace? —preguntó Octavio, mirándola.
—¡No! —rechazó Cristina tajantemente—. Esta es mi guerra, yo la peleo.
El placer de destruir a Alexander con sus propias manos no se lo iba a ceder a nadie.


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