—Cristi, nunca me gustó ella.
Octavio mantuvo la mirada serena, indescifrable, pero Cristina sabía que estaba molesto.
Sin embargo, no tenía intención de consolarlo.
—Ese es el «cariño» de un hermano por su hermana, no el instinto de un hombre por una mujer. Lo entiendo. Octavio Lozano me dio muchas lecciones al respecto, no necesito que profundices más en el tema.
Octavio apretó los labios de golpe, sumido en el silencio.
Santiago miró por el retrovisor, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda, mientras Lidia subía discretamente la división del auto.
Era una escena tensa, pero manejable.
Al ver la oscuridad en la mirada de Octavio, Cristina volvió a mirar por la ventanilla.
Cuando dijo esas palabras, no había ni rastro de enojo en su voz. Lo dijo con la misma naturalidad con la que se discute el menú de mañana, como si ya hubiera aceptado el hecho de haberse casado con «otro» Octavio.
Octavio tardó un buen rato en reprimir la tormenta de emociones que lo invadía.
Un momento después, le tomó la mano y acarició con la yema de los dedos su palma enrojecida.
—Esta vez fuiste un poco más lista. Supiste cómo ponerlos en su lugar y lograr que no se atrevieran ni a chistar. Fue una buena jugada, aunque todavía te falta pulir la técnica. El día que puedas usar la mano de otro para golpear a tus enemigos, entonces sí, mi esposa será invencible.
Cristina no esperaba ese comentario, pero su corazón permaneció inmutable, como un lago en calma.
—Octavio —su voz se tiñó involuntariamente de una leve suavidad—, si tienes una mejor opción, de verdad no me importa...
No pudo terminar. Los dedos de Octavio se posaron sobre sus labios, silenciándola.
—Mi periodo de observación de divorcio aún no ha terminado. no puedes sentenciarme así. No es justo para mí.
Un rastro de cansancio cruzó la mirada de Cristina mientras apartaba la mano de él.
Estaba agotada. Ya no tenía fuerzas para amar, ni quería hacerlo.
Octavio la atrajo hacia su abrazo.
—Si estás cansada, apóyate en mí. Lo que no quieras hacer, lo haré yo. Solo tienes que pedirlo.
La persona en sus brazos no reaccionó, y una sombra de preocupación se instaló en el entrecejo del hombre.
El auto llegó al número diecisiete de la Avenida de los Colores.
Cristina bajó del coche y el viento nocturno la golpeó con el frío del otoño avanzado.
Se quedó parada en la oscuridad, inhalando profundamente el aire helado, tratando de dejar atrás el caos de la noche.
Pero en cuanto cerraba los ojos, esa grotesca foto de Eduardo «al natural» aparecía inoportunamente en su mente...
Octavio intuyó que esa noche ella no tendría ganas de compartir la cama.


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