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La Revancha de una Ex-Ama de Casa romance Capítulo 90

Cristina soltó una risa burlona y, sin mirar atrás, se fue junto a Óscar.

Octavio apretó el puño con fuerza, bajando la mirada.

Por segunda vez, llevaron a Cristina al cuarto de extracciones.

La enfermera no hizo preguntas, acercó en silencio la bandeja con los instrumentos para la toma de médula ósea.

Óscar se puso los guantes estériles.

—No te asustes, te prometo que seré lo más cuidadoso posible.

Cristina no respondió. Su atención se perdió en las aves que revoloteaban afuera de la ventana.

A la gente de la que ya no esperaba nada, no tenía caso dedicarle palabras.

—Señorita, por favor, recuéstese de lado.

La enfermera se acercó para ayudarle a acomodarse y levantarle un poco la blusa.

—¿Después de que saquen la médula, cuánto tiempo debo permanecer acostada? —preguntó Cristina.

—Unas dos horas, pero para disminuir el riesgo de sangrado, lo mejor es que se quede en observación toda la noche —respondió la enfermera.

—No tengo quien me cuide. ¿Podría dejarme un vaso de agua en la mesita, por favor? Gracias.

Cristina se giró, dándoles la espalda. En sus ojos brillaba algo, aunque nadie podía decir en qué pensaba.

Óscar, con la aguja en la mano, se quedó inmóvil por un instante.

Un segundo después, miró a la enfermera.

—Antes, tómale la temperatura.

—Sí, doctor.

La enfermera sacó un termómetro y se lo puso bajo el brazo. Al ver el resultado, no pudo evitar sorprenderse.

—Doctor López, la paciente tiene 37.8 grados. Según el reglamento, no se le puede extraer médula ósea.

Óscar dejó escapar un suspiro de alivio.

—En ese caso, no hay nada que hacer. Por favor, ve a explicarle a los familiares.

La enfermera salió apresurada.

—Señorita Pérez, lo siento mucho —Óscar bajó la voz, sinceramente apenado.

Cristina le dirigió una media sonrisa.

—No usaste tu profesión para hacer daño, y eso basta para estar en paz con tu conciencia. De nada sirve salvar a mil gatitos si cargas con una culpa tan grande en el alma.

Óscar cerró los ojos, agobiado.

Ambos sabían que el resultado de los análisis de Julieta tenía irregularidades, pero uno no podía decirlo y el otro no hallaba cómo demostrarlo.

Cristina salió del cuarto de extracciones. Un guardia se acercó a su encuentro.

—Señora, el señor Lozano pide que regrese a la habitación.

Antes de llegar a la puerta, Cristina escuchó el llanto de Julieta.

—Amor, mis plaquetas no se estabilizan, no me pueden operar, y Cristina... Yo solo quería envejecer contigo, ¿será que Dios no me quiere dar esa oportunidad?

Sabía que ese día ya había presionado demasiado a su hijo. Si daba un paso más con Cristina, podía provocar una rebelión.

—Dile a Octavio que no se preocupe —le indicó a Marco.

Marco asintió y miró a Cristina.

—El señor Lozano dijo que, de ahora en adelante, yo la llevaré y traeré del trabajo.

—¿Cómo va a ir a trabajar si tiene que cuidar a su suegra? —reviró Sebastián.

Marisol, que había estado callada, se puso de pie.

—Tío, trabajar es lo que más le gusta a mi cuñada. Déjala ir, con que use el resto del tiempo para cuidar a mi mamá, ya está cumpliendo como buena nuera.

Cristina se quedó con la duda: ¿Ahora Marisol qué estará tramando?

Al final, Sebastián cedió.

Sin embargo, Cristina quedó bajo vigilancia: debía quedarse en el hospital atendiendo a Julieta y, salvo para ir a trabajar, no podía salir, con dos guardias siguiéndola a todos lados.

...

Al atardecer, Cristina fue a buscar agua caliente. Marisol apareció y se recargó en la puerta, sonriendo con toda la intención.

—¿Qué quieres? —preguntó Cristina.

En esa sala no había cámaras, así que Marisol se quitó la máscara.

—Hoy mi hermano tiene una reunión y seguro tomará. ¿Tú qué crees que pase si yo me voy a Residencial Bahía Platina, me baño y lo espero en ropa ligera?

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