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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 166

El rostro de los guardias se endureció, y sus miradas se volvieron hostiles.

—Señores, si no tienen invitación, les pedimos que se retiren inmediatamente. No nos obliguen a usar la fuerza.

—¡Ya les dije que en cuanto llegue mi jefa, les mostraremos la invitación! —Fabio sudaba a mares.

Pero Mila no aparecía, y los hermanos Quiroz no dejaban de presionar. Era evidente que no descansarían hasta verlos humillados y en la calle.

—¿Qué es todo este alboroto en la puerta? ¿Dónde están sus modales?

Una voz grave, vieja pero llena de autoridad, interrumpió la escena, acompañada por el golpe seco de un bastón contra el piso.

Ariel y Luna se dieron la vuelta de inmediato, adoptando la expresión más inocente y respetuosa que pudieron, y caminaron hacia Don Nicolás. El anciano venía charlando con Dante Valente, jefe de la familia Valente.

Al ver a sus nietos discutiendo en la entrada con lo que parecía ser servidumbre, la cara de Don Nicolás se ensombreció.

—Abuelo, estas dos personas trabajan para mi hermana —se adelantó Luna, con el rostro pintado de genuina preocupación—. Ella sabía que no tenía invitación, pero los mandó a pararse aquí. No sé qué pretende... ¿Será que está tan enojada por no haber sido requerida, que decidió...?

Dejó la frase en el aire, pero el veneno ya estaba inyectado. La insinuación era clara: Mila era una mujer resentida, vulgar y carente de clase.

Al escucharla, Don Nicolás se puso lívido.

—¡Qué estupidez! ¿Mandar a sus lacayos a hacer un escándalo en un evento de esta magnitud solo por un berrinche infantil?

Yara, al escuchar a Luna tergiversar todo, empezó a temblar de indignación. Estaba a punto de dar un paso al frente para defenderse, cuando Fabio le agarró el brazo con fuerza.

—¡No seas loca! —susurró Fabio, con el pánico evidente en la voz—. ¡Ese viejo es el dueño de nuestro mundo, el gran jefe! Si te le enfrentas, que te despidan será el menor de tus problemas. ¡Hundirás a la señorita Mila contigo!

Yara se mordió el labio inferior, sintiéndose ahogada de rabia.

—¿Vamos a dejar que esa mosca muerta nos tire lodo sin defendernos?

—Ya le mandé un mensaje a la jefa. Debe estar por llegar —Fabio se secó el sudor frío de la frente, mirando hacia todos lados—. Como sea, hasta que ella no esté aquí, te tragas el coraje. Nosotros somos peones, no tenemos derecho a dirigirle la palabra a Don Nicolás.

—Ustedes dos, ¿qué esperan para sacarlos de aquí? —gruñó Dante Valente, con el ceño fruncido y perdiendo la paciencia con los guardias—. ¿Acaso creen que cualquier hijo de vecino puede colarse a la fiesta de los Centeno?

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