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La Rosa Negra: El Regreso de la Hija Traicionada romance Capítulo 254

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Mila enarcó una ceja:

—Si no fuera por esa prueba de ADN, yo tampoco lo creería. Pero lo que sí es seguro es que Esteban es un hombre despiadado al que solo le importan sus intereses. Antes, yo no valía nada, no merecía ser su hija. Ahora que he demostrado mi capacidad pero no puede controlarme, la única opción que le queda es destruirme.

Nuno se quedó en silencio un momento antes de cambiar de tema:

—¿Y qué hay de Luna?

Le causaba curiosidad. Hasta ahora, el desempeño de Luna había sido más que mediocre; en ciertos aspectos, rayaba en la estupidez. Y, sin embargo, Esteban seguía protegiéndola a capa y espada.

—Luna es la "obra maestra" que él crio con tanto esfuerzo, su peldaño para asegurar su poder absoluto. ¿Cómo iba a descartarla tan fácil? —Una sonrisa irónica asomó en los labios de Mila—. Además... Luna es la verdadera hija biológica de Esteban.

—¡¿Qué?!

Las pupilas de Nuno se dilataron, revelando una genuina sorpresa:

—¿Cómo lo sabes?

Mila no respondió directamente. Si no hubiera sido por un comentario inocente de Mónica, sumado al favoritismo extremo que Esteban le profesaba a Luna por encima de Blanca, ella tampoco habría sospechado.

Había ordenado a Enrique investigar a fondo a Esteban y a Luna, y los resultados confirmaron que eran padre e hija. Pero lo más grotesco del asunto era que Blanca no era la madre biológica de Luna.

En otras palabras, Esteban había engañado a todos.

Todo el mundo creía que él, en su inmensa bondad, mimaba ciegamente a su hija adoptiva, cuando en realidad estaba dándole todo a su propia sangre. La ironía era que la amada era Luna, no ella, Mila Quiroz.

¡Screeech!

Un chirrido ensordecedor de frenos cortó el aire. Dos sedanes negros modificados aparecieron como fantasmas desde una calle lateral, intentando embestir al Lamborghini por ambos lados.

Mila entrecerró los ojos y pisó el acelerador a fondo.

Sin embargo, los atacantes venían preparados. Esos autos estaban fuertemente modificados, y aunque ella manejaba un monstruo como El Veneno, en el corto plazo le resultaba imposible quitarse de encima a esas dos sanguijuelas.

—Esteban está decidido a que yo no vea el amanecer —dijo Mila, aferrándose al volante mientras la aguja del velocímetro enloquecía.

Por suerte, estaban en una vía apartada y casi vacía, lo que le daba margen para maniobrar al límite.

—¡Gira a la derecha en la esquina! —ordenó Nuno de pronto, señalando hacia adelante.

Mila no dudó ni un segundo. Giró el volante bruscamente, dio un toque al freno para derrapar, y bajo un control absoluto, metió el auto por una carretera estrecha de dos carriles.

Los dos sedanes negros, al ser más robustos, no pudieron entrar en paralelo y se vieron obligados a seguirla en fila india.

—Gira a la izquierda más adelante.

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