—¡¡Evelyn!!
El rostro de Jaime se contorsionó de rabia. Con su mano libre, aferró el cuello de Evelyn, deseando aplastarlo.
La escena se salió de control y los invitados estallaron en gritos.
—¡Jaime, detente de una vez!
—¡Evita!
El sonido seco del acero perforando la carne resultó ensordecedor en medio del caos.
¡Splash!
Jaime abrió los ojos desmesuradamente, retrocediendo a trompicones. Bajó la mirada, incrédulo, hacia la daga que se había hundido profundamente en su pecho. La sangre tiñó su ropa en segundos.
Al mirar hacia adelante, vio a Evelyn, pálida y temblando violentamente de terror, como un cervatillo asustado.
—Je... me dejé engañar por mi propia trampa —El cuerpo de Jaime cedió, cayendo de rodillas. Su visión comenzó a nublarse, y buscó a Mónica a lo lejos; sus ojos estaban rojos.
Al borde de la muerte, sus recuerdos pasaron como ráfagas.
Alguna vez, esa niña siempre lo seguía, llamándolo hermano con dulzura. Era uno de los pocos recuerdos cálidos que tenía.
¿Cuándo había cambiado todo?
Parecía que siempre hubo una voz susurrándole al oído, diciéndole que Mónica le robaría todo, alimentando sus celos, incitándolo a tenderle trampas, hasta que él mismo envió a su hermana a la cárcel.
Esa voz demoníaca...
Jaime se estremeció, clavando su mirada en Evelyn.
—Fuiste tú... ¡¡Todo fuiste tú!!
En ese instante comprendió la genialidad de Evelyn: nunca había señalado a nadie directamente, solo había sembrado discordia con comentarios casuales, plantando la semilla de la envidia en su corazón hasta convertirla en un árbol venenoso que lo empujó al abismo.
—¡Ah! —Con su último aliento, Jaime intentó abalanzarse sobre aquel demonio.
¡Plaf!
Mauricio se adelantó y, de una patada, mandó a volar al supuesto atacante.
Jaime cayó pesadamente, escupiendo sangre a borbotones. Tumbado sin fuerzas, su mirada cruzó la multitud hasta posarse en Mónica. Sus labios se movieron débilmente:
—Lo... siento...
Su cabeza se ladeó y dejó de respirar.
—Papá... yo... no quería hacerlo... —Evelyn pareció volver en sí, mirando sus manos ensangrentadas con puro terror, balbuceando.
Mauricio la estrechó en sus brazos y le palmeó la espalda.
—No tengas miedo, no fue tu culpa. Si no fuera por ti... ese animal habría detonado la bomba.

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