—Nuno —la voz rasposa lo sacó de sus pensamientos.
—Dígame, abuelo.
Don Pedro Páez dejó su taza sobre el platito. Sus viejos ojos, llenos de astucia y experiencia, lo evaluaron de inmediato:
—¿Sigues pensando en ese viejo zorro?
Habló con un tono neutro y distante.
—Héctor no sirve para los negocios, pero en estos veinte años se ha vuelto un experto en formar grupitos y manipular a la gente. Si tu padre no hubiera arriesgado su prestigio para ponerte en el lugar que ocupas hoy, me temo que...
No terminó la frase, pero el mensaje estaba claro.
—¡¿Mi padre?! —Nuno agarró su taza y se bebió el café ardiendo de un solo trago, sin inmutarse, como si buscara apagar el fuego del odio en su pecho—. ¡No es más que un cobarde!
—¡Nuno! —la voz de Don Pedro subió de tono, cargada de una autoridad absoluta—. ¡Lo del accidente fue una tragedia impredecible! ¡No te sirve de nada, ni a ti ni a nadie, vivir atrapado en el pasado! ¡El timón de la familia Páez está en tus manos! ¡Solo soltando el pasado podrás llevar este barco a buen puerto!
Nuno guardó silencio. Las venas de sus puños apretados resaltaban, evidenciando la furia que no lograba desahogar.
Don Pedro conocía su terquedad, así que no insistió más.
—Me enteré —dijo, cambiando el tema como si no le diera importancia— de que la familia Quiroz se comunicó ayer. ¿Es cierto que elegiste a la chica que acaba de salir de prisión? ¿Mila Quiroz?
—Sí —respondió Nuno, inexpresivo.
—Los Quiroz son unos descarados. Tuvieron el atrevimiento de sugerir que te quedaras con su hija adoptiva, esa tal Luna —Don Pedro limpió una mancha imaginaria en la mesa, con un tono lleno de desprecio—. Al final, es una vergüenza para su familia. Tienen a su propia sangre sufriendo en la cárcel, no movieron un dedo por ella, pero tratan como una princesa a la que creció rodeada de lujos... Ja, son unos estúpidos.
Levantó la mirada y clavó sus ojos penetrantes en Nuno.
—Ya que la elegiste a ella, no voy a meterme en tus asuntos. Pero me da curiosidad...
Se inclinó hacia adelante, analizándolo.
—Tú, que todos estos años has ignorado a las mujeres y detestas las citas a ciegas, de pronto aceptas casarte y hasta fuiste personalmente a la casa de los Quiroz...
Sus viejos ojos, que habían visto de todo en esta vida, brillaban con intensidad.
—¿Qué clase de mujer es?

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