—Antonio, prepara un auto.
Mila salió del comedor y dio la orden sin detener el paso.
Pero al notar que no la seguían, se dio la vuelta y vio a Antonio, el mayordomo, con expresión de pánico.
—¿Algún problema?
Antonio sudaba frío. Hizo una pequeña reverencia y respondió:
—Señorita, en este momento la casa solo cuenta con dos choferes disponibles... Uno es el chofer personal de Don Nicolás, y el otro es el de la señorita Luna.
Mila entrecerró los ojos y, de pronto, una sonrisa se formó en sus labios.
—Qué interesante.
Tras decir eso, siguió caminando hacia la salida.
Afuera, un Maybach ya estaba estacionado.
El chofer, Saúl, limpiaba con esmero la carrocería para asegurarse de que su patrona tuviera la mejor experiencia de viaje posible.
Luna lo había elegido como su chofer exclusivo justamente por su actitud servil y aduladora.
Mila se acercó directamente y abrió la puerta del auto con intención de subir.
Pero Saúl dio un salto rápido, bloqueó la puerta y le habló con tono severo:
—Señorita Mila, lo siento. Este auto... es de uso exclusivo de la señorita Luna.
Sonaba firme, como un perro guardián defendiendo el territorio de su ama.
Mila se cruzó de brazos y lo miró con total frialdad.
Sus ojos gélidos emitían una presión aterradora que hizo temblar a Saúl.
Había escuchado a los otros empleados de la mansión murmurar que la joven heredera había regresado completamente transformada, e incluso se atrevió a golpear a su propio padre. Al principio pensó que exageraban, pero ahora... parecía que no era mentira.
Esa presencia era genuinamente intimidante.
Aun así, recordando su posición, Saúl sacó el pecho.
—Señorita Mila, le ruego que no me cause problemas.
—Primero —Mila levantó un dedo—. Aclaremos algo: ¿Quién crees que es tu verdadera patrona?
—Segundo —dio un paso hacia él, con la mirada sombría—. Ubícate. Tú eres solo un empleado de la familia Quiroz. ¿Quién te dio la autoridad para rechazar una orden de tus empleadores?
Saúl tragó saliva, sintiendo pánico.
Pero de reojo vio que Luna se acercaba, y eso le devolvió el valor.
—Mi ama es la señorita Luna. Y mi autoridad me la otorgó ella.
—Antonio.
El mayordomo, que había presenciado todo, se apresuró a acercarse.
—Señorita, ¿qué necesita?

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