—¡Diez millones!
Esteban respiró hondo y escupió las palabras entre dientes.
Blanca y Luna abrieron los ojos de par en par, consternadas. Pero, pensando en la boda con la familia Páez, se tragaron la indignación.
—Padre, así me gusta. Eso sí es hablar en serio. —Mila esbozó una sonrisa astuta y le tendió un papel—. Por favor, transfiere los diez millones a esta cuenta.
Esteban tomó el papel con furia contenida, llamó a su secretaria y le ordenó a contabilidad que hiciera el depósito al instante.
En cuestión de minutos, Mila recibió el aviso de la transferencia.
—Mila, ¿ya estás feliz?
—Sí, nada mal.
—Entonces vete de una maldita vez.
Mila, sin embargo, soltó una carcajada llena de malicia.
—Estoy muy contenta con estos diez millones, pero... ¿cuándo dije que me iba a ir?
—¡¡Mila!! —El grito de Esteban resonó en la sala. La ira que había intentado sofocar explotó por completo—. Veo que si no te doy una lección hoy mismo, no entenderás el lugar que ocupas.
—¡Seguridad!
De inmediato, todos los guardaespaldas de la mansión aparecieron y la rodearon.
—Mila, por muy hija mía que seas, si eres una maleducada que no respeta a sus mayores, mereces un buen castigo —sentenció Blanca con odio.
Luna, escondida detrás de ellos, gozaba la escena. *Maldita perdedora, te dimos la oportunidad de largarte con dinero y la desperdiciaste. Ahora que provocaste a papá, quiero ver si puedes salir de aquí caminando.*
*Tú naciste para ser el escalón que yo pisaré para subir.*
No obstante, frente a la pared de matones, Mila ni parpadeó. Seguía tan fresca como si nada.
Hizo crujir sus nudillos con tranquilidad.
—Padre, madre... ¿Quieren saber qué fue lo que aprendí en mis cuatro añitos de cárcel?
¡...!
Esteban y Blanca cruzaron miradas confundidas, pero ambos percibieron un instinto asesino emanando de Mila.
No podían entenderlo. Era solo una pueblerina cobarde; si no fuera porque necesitaban a alguien para que pagara los platos rotos por Luna, nunca la habrían traído de vuelta.
Aun así, por fuera, fingió un tono dulce y apenado.
—Hermana, Don Nuno vino a pedir mi mano, para cumplir el compromiso que nuestras familias acordaron hace años.
—Sé que he disfrutado de tu lugar todos estos años, pero de verdad amo a Don Nuno, y él me ama a mí. Si prometes no arruinarme esto, te daré lo que me pidas.
Mila puso los ojos en blanco. La hipocresía de Luna daba asco, pero también le daba mucha gracia.
—Mila, aprende de Luna, mira qué decente y madura es. Ahora vete a tu cuarto y no salgas a avergonzarnos.
Esteban estaba al borde de un ataque de nervios, pero Mila ni se inmutó.
—¡Mila, te dije que obedezcas!
—Vaya carácter, señor Quiroz.
Justo cuando Esteban estaba gritando, Nuno Páez cruzó el umbral de la puerta.
Mila entrecerró los ojos y se encontró con la mirada afilada de Nuno. No pudo evitar esbozar una sonrisa traviesa.
Que comience la función.

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