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La Rosa Reemplazada romance Capítulo 3

Cuando Darío despertó al día siguiente, sentía la cabeza como si le hubieran dado un golpe con un bate. El dolor se extendía por su cráneo y, para colmo, la garganta le ardía.

—Samanta.-

Intentó llamarla, pero su voz salió ronca y descompuesta:

—Prepárame un poco de agua con miel, ¿sí?

El silencio fue lo único que le respondió.

Se frotó las sienes, maldiciendo entre dientes, y se sentó en la cama. En ese momento, escuchó la voz de una señora desde el pasillo:

—Señor, la señora salió temprano. ¿Necesita algo?

Darío levantó la mirada hacia el espejo del tocador: tenía un moretón en la frente, todavía hinchado.

—¿Dijo a dónde iba? —preguntó, su tono áspero.

—No, señor. Ni siquiera desayunó.

Darío le pidió a la señora que le trajera una bolsa de hielo. Mientras esperaba, se apoyó en el tocador y marcó el número de Samanta. Llamó dos veces seguidas, pero ella no contestó.

Samanta había dejado el celular en silencio, boca abajo sobre la mesa.

Alzó la mirada hacia la persona que tenía en frente:

—Me llamaste tan temprano, Melissa. No creo que sea solo para probar el desayuno de Cumbre del Amanecer, ¿verdad?

Melissa no se anduvo con rodeos:

—Deberías divorciarte de Darío.

La mano de Samanta, que descansaba sobre sus piernas, se tensó de golpe.

—¿Y por qué tendría que hacerlo?

Melissa sonrió, con una mueca cargada de burla:

—Porque la persona que él ama soy yo, no tú. Solo eres un reemplazo. Mientras yo no estaba, Darío te buscó por mientras. Una mujer que no es amada, ¿por qué no se retira y se ahorra la vergüenza?

El vaso de leche sobre la mesa estaba tibio, blanco y puro, pero el olor no era nada agradable.

Samanta lo empujó lejos de sí:

—Aunque yo deje el puesto de Sra. Paredes, tú no vas a ocuparlo. Con esa pierna, ¿crees que la familia Paredes te aceptaría?

El rostro de Melissa se endureció al instante.

—Tú...

—Además, ni siquiera pienso dejar el lugar de Sra. Paredes.

Samanta la miró directo a los ojos, sin titubear:

—A menos que Darío venga personalmente a pedírmelo.

Samanta no tocó el desayuno. Guardó sus cosas y se levantó. Al pasar junto a Melissa, hizo una pausa, se llevó la mano a los labios y bajó la voz:

Samanta puso en marcha el carro. Apenas avanzó unos metros, el celular volvió a vibrar. Esta vez era un mensaje de su papá, Joaquín Ferrer: le avisaba que llegaría en la tarde en tren a Cumbre del Amanecer.

Samanta detuvo el carro junto a la banqueta y le llamó de inmediato.

—Papá, ¿por qué no me avisó antes? Así le organizaba todo y no andaba a las carreras.

La voz de Joaquín sonó tranquila y muy educada:

—Un amigo de los viejos tiempos me invitó a pasar unos días. No quería molestarte. Si tienes tiempo, vamos a comer. Si no puedes, no pasa nada.

La relación entre Samanta y sus padres adoptivos siempre había sido rara. Cuando la llevaron de la casa hogar, la cuidaron muy bien, pero su trato era siempre distante, como si fuera una invitada temporal y no parte de la familia.

Samanta siempre pensó que tal vez no era su hija biológica y por eso sentía esa barrera. Sin embargo, ellos la criaron y esa gratitud nunca se le olvidaría.

—Sí puedo, papá. En la tarde lo recojo en la estación.

—¿Y Darío? Si no está ocupado, dile que venga también.

Al colgar, a Samanta le cayó el veinte de lo que acababa de mandar a Darío. Sintió un poco de arrepentimiento.

Ya no podía borrar los mensajes, así que solo le quedó resignarse.

Pero la vergüenza dura lo que uno quiera. A veces toca tragársela y seguir.

Así que, haciéndose la preocupada, envió otro mensaje:

[¿No te dio gripa? Toma algo caliente para el frío.]

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