Capítulo 532
—Mamá, mira. Este collar me lo regaló Jairo.
La mirada de Julieta se posó cn el collar que llevaba Sofía: una hilera de perlas con un diamante rosa como dije.
A simple vista se notaba que valía una fortuna.
En el vestidor de Sofía ya había una buena colección de gemas raras.
A Sofía le encantaban esas piedras bonitas.
Aunque apenas tenía cinco años, ya había recibido más joyas que muchas personas en toda su vida.
Julieta se inclinó, le acarició la cabeza y, con los ojos llenos de ternura, dijo:
—Está muy bonito. Yo todavía tengo unas cosas que hacer, así que voy a subir primero. Tú ve a jugar un rato.
Sofía respondió obediente:
—Está bien.
Julieta se enderezó y caminó hacia las escaleras sin mirar en absoluto a los dos hombres sentados en el sofá.
—Bianca.
La voz de Jairo sonó detrás de ella.
Julieta se detuvo.
Al notar lo extraño de su tono, giró un poco el cuerpo y volvió la cabeza hacia él.
—¿Qué pasa? —preguntó con frialdad.
Al escuchar ahora esa voz impaciente y cargada de rechazo, Jairo sintió como si el corazón hubiera recibido un golpe seco.
Solo hasta ese momento entendió aquella sensación extraña, flotante e inexplicable que siempre aparecía en su pecho cada vez que veía a Julieta.
Cada vez que intentaba descifrarla, era como si no pudiera asir nada.
Jairo apretó ligeramente los dedos.
El pecho se le oprimió, y por un momento no supo qué decir.
Julieta frunció sus delicadas cejas, sin saber qué pretendía él.
Al verlo guardar silencio, apartó la mirada, se giró y subió directamente las escaleras.
Sofía, confundida, corrió hasta quedar junto a Jairo.
Lo miró con sus grandes ojos claros y brillantes, y dijo:
—¿Quieres decirle algo a mi mamá? Yo puedo ayudarte a decírselo.
Jairo volvió a sentarse y miró a Sofía.
Ahora, mientras más la veía, más se parecían esos ojos a los de Julieta cuando era niña.
Brillaban con tanta vida que parecían capaces de hablar.
¿cómo no se había dado cuenta de que Sofía era su sobrina?
De por sí le gustaba mucho Sofía, pero ahora en su corazón había también una ternura más profunda, la de alguien unido por la sangre.
—Eres una niña muy buena.
Julieta volvió al estudio.

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