Jairo se marchó.
Poco después de que Julieta y los demás tomaran el vuelo de regreso a Monteluz, Héctor también dejó la hacienda con Sofía.
Tras doce horas de viaje, llegaron a Monteluz ya entrada la noche.
En cuanto volvieron a casa, Jimena se ocupó de que Julieta se tomara sus medicamentos y luego la mandó a descansar.
Julieta despertó dos veces durante la madrugada y no se levantó hasta el mediodía del día siguiente.
Mientras Jimena tendía la cama, descubrió las huellas de lágrimas en la almohada.
Era evidente que Julieta tampoco había dormido bien esa noche, y la preocupación volvió a invadirla.
En cuanto Mauricio la vio, sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
No había pasado tanto tiempo y Julieta ya había adelgazado muchísimo.
Sus ojos tampoco conservaban el brillo de antes.
—Papá —lo llamó Julieta.
Mauricio contuvo sus emociones, asintió y la abrazó con cuidado mientras le daba unas suaves palmadas en el hombro.
—Lo importante es que ya regresaste. Quédate en casa y recupérate con calma. Pase lo que pase, siempre vamos a estar contigo.
Julieta asintió.
Al separarse de él, lo miró y preguntó:
—¿Te has sentido mal últimamente?
En realidad, Mauricio apenas había salido del hospital el día anterior.
Después de dejarlo instalado en casa, Jimena había partido con Rafael rumbo a San Aurelio.
Mauricio le restó importancia.
—Es el mismo problema de siempre. Ya fui al hospital a que me revisaran y no es nada grave. No te preocupes por mí. Ahora tienes que cuidarte tú y dejar de darme motivos para preocuparme.
Julieta sonrió y asintió.
Luego bajó a la sala.
Sergio y Rafael estaban ahí.
Julieta se acercó y tomó asiento en el sofá.
—Sergio, ¿hoy no trabajas?
Él respondió con tono divertido:
—Hasta los empleados tienen derecho a descansar los fines de semana, ¿no?
Julieta comprendió a qué se refería y preguntó entre risas:
—¿Los dueños también cuentan como empleados?
—Ser dueño también es muy pesado.
Sergio volvió a preguntarle:
—¿Dormiste bien anoche?

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