Julieta levantó la cabeza y lo miró con el ceño profundamente fruncido.
—¿Se te olvidó el acuerdo que hay entre nosotros?
No tienes derecho a interferir con mi libertad.
Héctor dijo:
—No se trata solo de tu libertad. Ahora eres una mujer casada. Carlos tiene a sus propios familiares para cuidarlo. La deuda que tienes con él puedo pagarla yo por ti El tono de Héctor era firme, sin dejar espacio para réplica alguna.
La mirada de Julieta se ensombreció un poco más.
Con una actitud decidida, dijo:
—No necesito que la pagues por mí. Esto es asunto mío.
Héctor respondió:
—Ahora tus asuntos también son míos.
Julieta lo miró con el ceño fruncido.
—Te lo digo por última vez: no te metas en lo que no te importa.
—¿Por qué están discutiendo?
De pronto se escuchó una voz.
Julieta apartó la mirada.
Héctor se giró y vio a Jairo caminando hacia ellos.
Julieta también vio a Jairo acercarse.
Jairo llegó frente a los dos.
Al ver el mal semblante de Julieta, preguntó:
—¿Carlos ya despertó?
Julieta lo miró un instante, pero no respondió. Se dio la vuelta y regresó a la habitación.
Cuando la vio marcharse, Jairo miró a Héctor y dijo:
—Carlos se lastimó por Julieta. Es normal que ella lo cuide ahora. Tú tampoco deberías excederte.
No había alcanzado a escuchar con claridad lo que los dos acababan de decir, pero más o menos podía adivinarlo.
El rostro atractivo de Héctor estaba frío y sombrío.
No respondió a las palabras de Jairo.
—Tengo asuntos que atender. Me voy primero.
Jairo se quedó en el mismo sitio, viéndolo alejarse.
Cuando Héctor se fue, Jairo fue a la habitación de Carlos y tocó antes de entrar.
Al verlo, Carlos no pareció sorprendido.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera)