Capítulo 650
Julieta no le respondió y siguió caminando.
Leonardo, en cambio, la siguió sin prisa.
—Héctor sí que es cruel. Ni siquiera con su esposa se toca el corazón. ¿Para qué volviste en aquel entonces? ¿No habría sido mejor quedarte en Gran Bahía? Te esforzaste tanto por cambiar, ¿querías demostrar que eras completamente digna de él?
Qué lástima. Él sí que no tiene buen ojo. Por más que hayas cambiado, al final le gustan las mujeres sin cerebro como Adriana.
—Los hombres siempre tienen algo de posesivos. Al ver que una mujer que fue suya va a estar con otro, claro que no pueden aceptarlo del todo.
—Tú quieres que Héctor te ame, pero en este mundo no existe eso de amar a una sola persona con todo el corazón. Las mujeres siempre se entregan con pasión, mientras que los hombres solo buscan satisfacer sus deseos. En el mundo de los sentimientos, las mujeres nunca les ganan a los hombres, mucho menos a alguien como Héctor. Él no solo es frío; es despiadado y no tiene lealtad hacia nadie.
—Él te lastimó antes, pero no va a sentirse culpable. Ahora que cambiaste tanto, que tienes una
carrera exitosa y una belleza de primer nivel, seguro hasta cree que todo eso fue gracias al impulso que él te dio en aquel entonces. 3
El rostro de Julieta se fue ensombreciendo cada vez más.
Al llegar junto a la calle, levantó la mano para detener un taxi.
El taxi se detuvo frente a ella.
Julieta abrió la puerta y subió.
Cuando estaba a punto de cerrarla, una fuerza se lo impidió.
La gran mano de Leonardo sujetaba la puerta.
Julieta lo miró con rabia.
—Suéltala.
Leonardo dijo:
—Muévete hacia adentro.
Julieta frunció el ceño con fuerza y quiso soltarle una patada.
El taxista dijo:
—Señorita, aquí no puedo detenerme mucho tiempo.
Julieta miró a Leonardo, que permanecía inmóvil.
Era evidente que no pensaba rendirse tan fácilmente.
Al final, Julieta bajó del taxi y se colocó a cierta distancia de Leonardo.
Leonardo vio su reacción y no pudo evitar soltar una risa.
—¿Por qué te paras tan lejos? No voy a comerte.
Justo cuando iba a dar un paso hacia ella, Julieta retrocedió y dijo con el rostro frío:
—Quédate ahí. No te acerques. Tu olor me da ganas de vomitar.
Un brillo oscuro pasó fugazmente por los ojos de Leonardo.


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