Esa noche, Julieta no presentó los síntomas incontrolables de las noches anteriores.
Solo despertó a mitad de la noche, sin ninguna reacción fuera de lo normal.
Apartó la cobija para levantarse.
Héctor, que estaba acostado a su lado, despertó, la miró y se incorporó.
—¿Adónde vas?
Julieta respondió con naturalidad:
—Al baño.
Héctor la observó en silencio.
Julieta fue al baño.
Cuando regresó a la habitación, vio a Héctor recargado contra la cabecera, esperándola.
Caminó hasta la cama, apartó la cobija y volvió a acostarse.
Héctor se recostó de lado detrás de ella.
—Si no puedes dormir, ¿quieres ver una película?
Quería distraerla.
—No quiero ver nada.
Héctor tampoco insistió.
—Entonces platiquemos un rato.
Pero Julieta permaneció en silencio.
Héctor tampoco volvió a hablar.
Parecía que entre ellos no había ningún tema en común del que pudieran conversar.
Él la abrazaba y, en medio del silencio, solo se escuchaban sus respiraciones.
No supieron cuánto tiempo había pasado cuando Julieta habló:
—No tienes que acompañarme así todo el tiempo.
Héctor abrió lentamente los ojos.
—Si no te acompaño yo, ¿quién lo hará?
Julieta no volvió a decir nada.
El tiempo fue pasando minuto a minuto.
Julieta no logró conciliar el sueño, pero sintió que el hombre detrás de ella ya se había quedado dormido.
Su respiración era profunda y uniforme.
Al día siguiente, la luz del sol entraba por la ventana.
Las lámparas de la habitación seguían encendidas, por lo que todo estaba completamente iluminado.
Héctor, acostado en la cama, movió ligeramente los párpados y abrió los ojos.
Cuando terminó de despejarse, se giró para mirar a su lado, pero Julieta ya no estaba.
Permaneció acostado un momento más. Después apartó la cobija y bajó de la cama.
Se aseó rápidamente, abrió la puerta y salió.

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