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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 777

La mano de Héctor, que deslizaba el dedo por la pantalla, se detuvo.

Giró la cabeza y miró a Julieta, cuyo rostro reflejaba toda su desconfianza.

Luego soltó una risa ligera.

—¿Por qué no se podría comer?

Julieta respondió:

—Si no sabes cocinar, tampoco tienes que obligarte.

La sonrisa en los labios de Héctor se hizo más evidente.

—Tranquila. Seguro sí se puede comer.

Cuando llevaron la comida a la mesa, había cuatro platillos y una sopa: filete de res a la plancha, guisado de res con papas, camarones al ajillo, una guarnición de verduras y caldo de pescado.

—Papá, ¡huele riquísimo!

Héctor cargó a Sofía y la acomodó en su silla.

—Entonces pruébalo. Tu mamá cree que lo que preparé no se puede comer.

Sofía tomó un pedazo de papa con el tenedor y sopló para enfriarlo.

Se veía adorable haciéndolo.

Cuando la papa se enfrió, se la llevó a la boca.

Apenas la probó, sus ojos se iluminaron.

Volteó hacia Julieta y dijo:

—Mamá, sí está rico. Pruébalo.

Julieta estaba sentada a su lado y Héctor frente a ellas.

Después de comer, alguien se encargó de limpiar la cocina.

Héctor tomó el medicamento de Julieta y le acercó un vaso de agua.

Ella lo recibió y se tomó las pastillas.

Por la tarde, Héctor tampoco parecía tener intención de llevarlas de regreso a la hacienda, y Julieta no preguntó nada.

A lo largo de la tarde, escuchó a Héctor contestar muchas llamadas, todas relacionadas con el trabajo.

En la hacienda, quienes seguían esperando que Héctor llevara de vuelta a Julieta ya comenzaban a perder la paciencia.

Jairo dijo:

—Esperemos un poco más. Héctor va a traerla de regreso.

Finalmente cayó la noche.

Las velas del pastel de cumpleaños estaban encendidas.

En la sala no prendieron las luces.

Por la ventana solo entraban los reflejos brillantes de la ciudad, mientras la luz de las velas parpadeaba sobre el delicado rostro de Julieta.

En la enorme sala no había bullicio ni una celebración ruidosa. Solo reinaba una calma silenciosa.

Sofía la apuró:

—Mamá, pide un deseo.

Julieta miró el pastel frente a ella y después levantó los ojos hacia el rostro feliz de Sofía.

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