Julieta no le dio demasiada importancia.
Dejó la invitación sobre la mesa, volvió a tomar el libro y continuó leyendo.
Héctor llegó a casa a las siete después de salir del trabajo.
Durante los últimos días había regresado temprano y casi siempre cenaba en casa.
Mientras comían, observó los mariscos servidos en la mesa y preguntó:
—¿Quién los mandó?
Julieta puso un trozo de calamar en el plato de Sofía.
—Mi hermano.
—¿Rafael?
—No. Mi hermano biológico, César.
Sofía intervino:
—Mi tío también me mandó muchas cosas ricas y varios regalos.
Héctor sonrió con ternura.
—Entonces, cuando veas a César, no olvides darle las gracias.
—No sé cuándo podré verlo. Mamá dice que está muy ocupado.
—Lo verás cuando tenga menos trabajo.
Sofía asintió. De pronto, frunció ligeramente el ceño y volteó hacia Julieta.
—Mamá, ¿entonces tengo dos tíos? ¿Cómo debo llamarlos?
Julieta le acarició la cabeza.
—Puedes decirles tío Rafael y tío César.
—¿Y quién de los dos es mayor?
César y Rafael debían tener edades parecidas, pero Julieta tampoco sabía con exactitud quién era mayor.
Tendría que preguntarlo la próxima vez.
Después de cenar, los tres fueron a la sala.
Julieta y Héctor acompañaron a Sofía a ver la televisión.
Héctor vio la invitación sobre la mesa, la tomó y la revisó.
Su expresión no mostró el menor cambio.
Julieta lo miró.

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