Por eso, con alguien como Rafael ni siquiera hacía falta recurrir a demasiadas estrategias.
Irene apenas había empezado a acercarse a él y ya había cedido.
Rafael dijo con resignación:
—Yo también tengo dignidad. Luego voy a hablar con ella para que deje de contarte todo.
Julieta respondió:
—¿Qué tiene de vergonzoso? Ni que me fuera a burlar de ti.
Los dos siguieron bromeando durante el camino.
Cuando llegaron a casa, Jimena se puso tan contenta al verla que parecía que llevaban muchísimo tiempo sin encontrarse.
La observó de arriba abajo y hasta había preparado especialmente un almuerzo abundante para darle la bienvenida.
Toda la familia comió junta en un ambiente cálido y armonioso.
Después del almuerzo, Julieta regresó a su habitación para descansar y le mandó un mensaje a Héctor: “¿Cuándo voy por Sofía?”
En Gran Bahía ya era de madrugada y, en teoría, Héctor debería estar descansando.
Sin embargo, respondió casi de inmediato: “Mañana mandaré a alguien a llevar a Sofía a Cumbres del Valle.”
Julieta contestó: “¿Todavía no duermes?”
Héctor la llamó.
Su voz sonaba claramente cansada.
—Acabo de terminar de trabajar. ¿Ya llegaste a casa?
—Sí. Ya es muy tarde allá. Será mejor que te bañes y descanses.
—Da igual si duermo un poco más tarde. Últimamente he tenido algo de insomnio y me cuesta conciliar el sueño.
Julieta pensó que probablemente estaba bajo mucha presión por el trabajo.
—Entonces pídele a un médico que te recete algo para dormir.
Héctor preguntó de repente:
—¿Has tenido mucho trabajo últimamente?
—Más o menos. No demasiado.
—Entonces, cuando terminen las vacaciones, ven a Gran Bahía a verme.
Julieta lo rechazó por instinto:
—¿Para qué voy a ir a Gran Bahía? No voy a ir.
Héctor estaba de pie frente al ventanal del último piso, contemplando desde lo alto las luces de la ciudad.
Con voz grave y tranquila, dijo:
—Ven a verme.

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