Carlos estaba comiendo chilaquiles y, justo cuando iba a hablar, Julieta lo interrumpió:
—Primero termina de comer y luego hablamos.
Carlos asintió levemente.
En el silencioso comedor solo se escuchaba el suave tintineo de los cubiertos.
Carlos terminó de desayunar poco después.
Gregorio retiró la vajilla y le ofreció una servilleta.
Carlos la tomó, se limpió las comisuras de los labios y después miró a Julieta, quien todavía parecía un poco ausente.
Solo cuando sus miradas se encontraron, ella volvió en sí.
Tras unos segundos de silencio, Carlos dijo:
—Ahora lo único que puedes hacer es mantenerte fuerte. Por lo que conozco a Héctor, no creo que haya actuado sin dejar nada preparado. Por ahora, solo sabemos que está desaparecido. Lo que debes hacer es esperar. Sin importar cómo sea su relación con los demás, Jairo sin duda lo ayudará.
Julieta apretó los dedos y asintió.
—También me enteré de lo que pasó anoche. Por ahora, este es el lugar más seguro para ti. La situación se irá estabilizando poco a poco. No estás sola, así que no tengas miedo.
Al escuchar sus palabras y encontrarse con aquella mirada firme y alentadora, Julieta sintió que sus nervios comenzaban a relajarse.
—Está bien.
Al verla más tranquila, Carlos se puso de pie.
—Cuídate mucho. Yo iré a buscar a Jairo. Si surge algo, nos comunicamos después. De todas formas, también tengo algunos asuntos que atender aquí.
Julieta se levantó para acompañarlo hasta la puerta.
—Ten cuidado en el camino.
Permaneció en la entrada, observándolo marcharse.
Cuando Carlos estaba a punto de subir al carro, volteó hacia ella.
—Entra.
Julieta asintió y regresó al departamento.
Subió al estudio de Héctor.
Los cajones del escritorio estaban cerrados con llave, así que le pidió a Gregorio que trajera las llaves.

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