Jairo se sentó frente a Julieta.
—En estos días vendrán algunos miembros de la familia Gómez.
Los dedos de Julieta se tensaron.
Estaba a punto de preguntar algo cuando, de pronto, sonó su celular.
Lo tomó y vio que era Gregorio.
Contestó enseguida:
—¿Bueno?
La voz de Gregorio se escuchó al otro lado de la línea.
Los equipos de rescate habían ido recuperando algunos objetos personales de las víctimas y necesitaban que alguien acudiera a identificarlos.
Al escuchar aquello, Julieta sintió que el corazón se le encogía.
Bajó el celular y su rostro perdió el color.
Jairo también había alcanzado a escuchar lo que Gregorio le había dicho.
—Que Carlos te acompañe.
Julieta asintió.
En ese momento, Santiago tocó la puerta y entró.
Leonardo había enviado a alguien para negociar.
Jairo miró a Julieta.
—Ve tú primero. Yo me encargaré de ellos.
Después se dirigió a Carlos:
—Te encargo a Julieta.
Carlos asintió.
Julieta y Carlos se marcharon primero.
Durante todo el trayecto, ella no pronunció una sola palabra.
Carlos la miró de reojo, pero al final tampoco dijo nada.
El carro los llevó hasta el centro de búsqueda y rescate.
El ambiente era solemne y nadie se atrevía a levantar la voz.
Los condujeron a una habitación donde habían colocado sobre varias mesas todos los objetos personales recuperados que podían servir para identificar a las personas desaparecidas.
Julieta los revisó uno por uno.
Cada vez le costaba más respirar, hasta que distinguió una corbata que le resultaba demasiado familiar.
Se detuvo en seco.
Carlos siguió su mirada y también vio la corbata.
Al notar la palidez de su rostro, la llamó suavemente:

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